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Más 50 millones de rusos votaron el pasado 18 de marzo, y lo eligieron de nuevo. Entre tormentas de excesos de poder y persecución, entre los 19 años de autocracia y la disminución de la oposición por anulación y por miedo, sigue teniendo el mando del país más grande del planeta. Vladimir Putin sale de nuevo entre las puertas doradas del Kremlin caminando con un ritmo imperial a saludar a sus masas. Lo han ungido de nuevo sin que importen mucho las sombras de su nombre. Han votado por el resplandor, por la hegemonía y por el orgullo de ser rusos otra vez frente a la Historia; por la grandilocuencia militar, por el misterio y por el miedo que ahora inspira la bandera que tiene en su casa de gobierno las dos coronas que recuerdan que solo hasta allí pudieron llegar Hitler y Napoleón, porque el espíritu ruso pudo más que los grandes imperios del tiempo.
Putin recobra de nuevo el poder como un bostezo. Lo hizo cuando el propio Boris Yeltsin, su alcohólico mentor, lo nombró su sucesor entre una crisis política evidente por las malas conductas del presidente. Lo hizo cuando quiso esconderse bajo la máscara de Dimitri Medvedev, quien solo obedecía sus órdenes por teléfono. Volvió al poder prometiendo el crecimiento y la fuerza de una Historia perdida: exterminó la rebelión de los chechenos; recobró la península de Crimea con argumentos místicos-históricos, sobrevoló con sus aviones de vanguardia la guerra civil de Siria defendiendo a su dictador a costa de todas las crisis; infiltró las elecciones en Estados Unidos sin penas, sin ninguna reprimenda o respuesta del emperador ególatra que por supuesto fue favorecido en la trama que hasta hoy el mundo desconoce en su dimensión. De cuando en cuando aparecen muertos en distintas potencias de la tierra espías fugitivos, o viejos enemigos, o viejos deudores deslenguados, antiguos primeros ministros como Boris Nevstov fueron baleados a una cuadra de plaza roja sin que hasta hoy nadie sepa la autoría intelectual, ni de donde provengan las balas y los venenos muy bien usados por las agencias de inteligencia.
Sobre todos los truenos y centellas, Putin vuelve entre el humo del tiempo como el único hombre a quien quieren los rusos para su siempre prolongado futuro de la reinvención. Meses antes de su reciente reelección hizo gala pública y mundial de sus nuevos juguetes de guerra: un misil balístico intercontinental y supersónico capaz de eludir los escudos antimisiles de todas las potencias militares conocidas, nuevos propulsores de bombarderos y técnicas sin definir pero usadas como recientes inventos en el discurso de su imposición mediática. El mundo le teme a Putin mientras los rusos lo celebran y Trump, extraña figura de la geopolítica, parece admirarlo en secreto. Sus referencias siempre rayan en la defensa de su mando, en la brillantez de su carácter y en su imposición, aunque en Siria se sigan enfrentando los aviones de bando y bando.
Cuando Putin termine su nuevo periodo, el mundo será otro, una vez más. Pero querrá volver con su cuerpo o con su herencia política extendida sobre todo el siglo que se ha hecho adolescente con él: un viejo espía levantisco en el poder supremo.
