El silencio cunde en todos los despachos del poder después de las grabaciones comprometedoras al interior de la Brigada 30 de Cúcuta y de los vínculos potenciales de un integrante del Ejército en el estallido del carro bomba. La omisión del escándalo en los comunicados de la oficina de prensa del Gobierno Nacional es cada vez más evidente, más conveniente, más oficial. Y en la memoria general que se evapora progresivamente, como se pierde todo escándalo monumental en esta tierra del continuo espanto, queda la imagen efímera de un atentado que solo podía beneficiar el inicio efectista de una contienda electoral. Allí está, una vez más en el aire, la sensación de una atmósfera densa y la amenaza de fantasmas extraños que solo pueden combatirse con la inversión estrambótica en la defensa armada. Pero cada vez esa táctica es más predecible y más pobre. Los efectos no son los mismos de los años poderosos en que un mesías envalentonado hacía temblar con sus arranques de furia, acompañado de los medios que servían a sus designios sin sospechas y aplaudido por víctimas atemorizadas que preferían los excesos de ese poder desmedido al otro mal endémico y alterno.
Por eso resulta extraño y centro de todas las sospechas el atentado al helicóptero del pasado 25 de junio en el Norte de Santander. No deja de ser curioso que en su tradición gubernamental de evasión a los territorios problemáticos y de mayores exigencias a la presencia estatal, haya decidido visitar el epicentro de todas las amenazas en tiempos de conveniencia política, y que esa comitiva ministerial en el aire, ufanada de su inversión efectiva en la seguridad, haya sido vulnerada con tanta facilidad y con tanta eficacia con planes tan rústicos. Las investigaciones que prometieron con rapidez aún no entregan reportes creíbles de los sospechosos más allá de esos retratos ordinarios, y las armas encontradas con rastros de suma evidencia dejan más escepticismo que certezas para un atentado con tantas dimensiones. Los viejos trucos conocidos para levantar los índices de imágenes derrumbadas son ahora cartas sobre la mesa que nadie en el panorama de la opinión descarta. La experiencia y la sucia tradición política juegan en contra de sus propios comunicados de seriedad diplomática que nadie cree después de que hace pocos días el mismísimo Iván Duque dijera que los profundos problemas sociales que causaron el mayor Paro Nacional de la historia no representaban un estallido social sino un estallido de emprendimiento. Lo dijo así, convencido de la serenidad de sus palabras, ignorando los efectos peligrosos de su negación y continuando su frivolidad corporal como si hubiera pronunciado uno más de sus lugares comunes sin efectos en el tiempo y en el país que aún se empeña en desconocer. Sus silencios convenientes frente a todo el terror desatado después de que su propio gobierno decidiera destrozar la inversión en el posconflicto son ahora más elocuentes que su nulidad. La estela de sangre de esta mortandad seguirá expandiéndose después de su poder hasta un tiempo desconocido, y su omisión seguirá marcando las tumbas de los nombres que seguirán cayendo, víctimas de una política de negación y muerte sin control ni consecuencias efectivas.