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Sordera en el incendio

Juan David Ochoa

04 de junio de 2021 - 10:00 p. m.

A un mes del paro nacional era previsible que las ciudades principales recordaran la fecha simbólica con nuevos gritos y reclamos ante la afasia estatal y la desidia de un presidente sordo y atronado, y era previsible también que los sectores radicales y los profesionales del caos en el río revuelto del colapso hicieran otro incendio sobre el fuego. Se vio, una vez más, a las fuerzas del orden acompañadas de civiles armados que disparaban a discreción y hacia el torso de los cuerpos. Lo hicieron a la luz del día y ante las cámaras, con la comodidad de sentirse custodiados por uniformes del Estado y por las armas que los respaldaban con los disparos oficiales a su lado, frente a todos, sin pudor y con saña. El presidente seguía sin pronunciarse ante la extrema gravedad de los hechos, aun con los antecedentes históricos que no requieren aclaraciones frente al horror conocido. Y no contento con omitirlo en sus comunicados de funcionario adoptado exclusivamente a las órdenes del día y de su partido, decidió volar a Cali y visitar la zona exclusiva del sur para abrazar a la fuerza pública y saludar a los residentes que, horas atrás, habían estado apoyando, haciendo silencio cómplice o protagonizando el levantamiento en armas y una nueva versión de autodefensas urbanas.

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Después de los saludos devocionales y de los abrazos fraternos, voló pocas horas después al Palacio de Nariño para resguardarse. No se le ocurrió por un momento visitar las zonas marginales que siguen esperando del Estado la aceptación de sus errores históricos, ni pasar por los barrios que siguen esperando una respuesta ante el silencio ultrajante de esa camarilla que hereda el poder gubernamental para los pequeños círculos de un pequeño Estado imaginado. No pensó que ese acercamiento, incluso frívolo y propagandístico, podía desescalar la violencia del resentimiento y los argumentos anárquicos de las vías de hecho, y lanzar una imagen internacional de conciliación con los suburbios que siguen ardiendo entre la rabia. Decidió volver a su pequeña realidad, una vez más, para informar los avances en seguridad ante las residencias de los estratos confiables. Toda esa continuidad escandalosa de errores son brasas ardientes sobre el infierno, y sigue sin reconocerlo aunque el país entero haya ardido ya a pocos metros de sus vitrales. Pareciera que fuera esa la estrategia última entre las últimas posibilidades políticas de su partido derrotado: hacer invivible la república, como sugería el mentor fantasmagórico de la derecha pirómana, y hacerla arder para que nada sea para nadie y solo quede la única opción de la regulación desde las botas y los fusiles entre lo que consideran anárquico y libertino. A un año de elecciones solo pueden jugar políticamente con ese escenario oscuro para afianzar un nuevo plan de salvación en la defensa a muerte de otro enemigo, aunque solo sean jóvenes imposibles de controlar y dispersos enemigos alternos que les sirven para el posicionamiento de sus viejas teorías del terrorismo, estrategias de comunicación disecadas que deben sostener para justificar el poderío absurdo y demencial de tanques y cohetes con tintes de guerra total, por si los escenarios no les favorecen.

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