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Suicidio político

Juan David Ochoa

18 de junio de 2022 - 12:00 a. m.

Rodolfo Hernández no necesitó de grandes enemigos políticos para que su imagen cayera sostenidamente hasta el riesgo de una posible derrota agigantada en los últimos días de la contienda electoral, después de tener las sumatorias de los bastiones adheridos a su nombre y a ese color amarillo inventado en la improvisación de una campaña sin norte. Todas sus acciones públicas, sus palabras, sus pronunciamientos y sus desapariciones se han reflejado ahora en números en rojo que tienen a todas las castas del poder tradicional al borde del colapso. El mismo candidato fresco y novedoso que creyeron tranquilizante entre las posibilidades de la renovación del poder es el mismo que ha trabajado insistentemente en su descrédito y en su deshonra. Y no es extraño que suceda entre políticos vulgares, incapaces de reconocer el efecto público de la resonancia de su pensamiento en la amplitud de los micrófonos y en atriles frente a territorios profundos que desconocen. Lo sorprendente es que su deslumbrante asesor, que parece brillar más que las cadenas efectistas de oro y los excesos de mal gusto del candidato, no haya podido dominarlo a pocos días de las elecciones decisivas. Rodolfo Hernández no ha podido dimensionar que su incapacidad atronadora para pensar antes de nombrar la primera palabra del día siga siendo la principal causa de su suicidio prolongado. Y así va, entre un espectáculo bochornoso de retractaciones y peticiones de perdón, arando el espanto de todos los votos de opinión que quisieron unirse a su bandera ausente, creyendo que esa opción podía ser una alternativa a la vergüenza predecible de otros candidatos, y ha resultado peor; más ignorante y demencial que todos los burócratas ignorantes de esta comarca de politicastros, más peligroso que los candidatos impulsivos de partidos aún más oscuros y obscenos, más chapucero que los que han construido su imagen partidista entre la vergüenza.

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No pudo tener la mínima audacia de calcular que un insulto al icono más solemne de un país ultracatólico lo podía lanzar a la caldera del escándalo. No ha tenido la serenidad para aceptar que los audios que siguen circulando con su voz amenazante y criminal puedan ser mínimamente transformados por palabras mesuradas y confiables, aunque sean estratégicamente maquilladas por interés. No ha podido entender, tampoco, que su silencio permanente ante la petición de una mínima idea estructurada lo sigue marginado entre electores que no responden necesariamente a los dictados de la secta que agoniza, sino al cansancio de una historia estridente, y que pueden cambiar drásticamente su decisión ante un mínimo error o una contradicción sospechosa.

No ha querido aceptar que su negativa a aparecer en los debates es la más grande demostración de su incapacidad mental para dirigir un país que exige ideas nacientes y complejas. Es un político minúsculo y cobarde que ha decidido aceptar las directrices de publicistas que saben que no pueden hacer demasiado con su talante, y que debe acceder al ridículo para generar el tráfico suficiente en la virtualidad que lo pueda ayudar en las últimas instancias de su propio desastre.

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