A los partidos tradicionales, derrotados por el auge y la elección de la izquierda en Colombia, no les ha quedado más que enmudecer la sistemática histeria de la calumnia y aceptar que el poder tradicional ha pasado ahora a la atmósfera de otro paradigma, lejos de sus intereses y dominios. por eso se han visto en las últimas semanas, uno a uno, y bancada por bancada, adhiriéndose al cambio drástico que tanto odiaron desde la defensa de un privilegio sectario y colonial. Y las razones que tienen para hacerlo difieren entre toda la gama desesperada del colapso de su historia: el oportunismo simple y llano de políticos sin ideología que saben que deben entregarse a los brillos vigentes del Estado, aunque las lámparas lo iluminen todo desde otra luz, y el cálculo silencioso de los que siguen insistiendo en derrotar la nueva transición desde adentro. Para eso deben también disimular la baba del rencor, agachar la cerviz y sonreír diciendo que harán parte del Gran Acuerdo Nacional como una decisión tomada entre la serenidad y las intenciones más puras del pacifismo.
Las estrategias para impedir las intenciones del gobierno pueden efectuarlas entre votos de desaprobación de proyectos al interior de ese acuerdo que empezaría a funcionar también como un órgano unificado, y escuchar desde el mismo núcleo del poder las decisiones que podrían torpedear después desde otros ángulos y otros nombres radicales que permanezcan al margen. Saben que deben reagruparse y asumir nuevas posturas de camuflaje ahora que el voto de opinión ha sido imbatible, y deben cuidar la poca imagen que les queda si quieren seguir aspirando a la vigencia que les resta bajo el aparataje estatal.
Por ahora, los ministros y ministras nombradas les ha restado esperanzas en los beneficios burocráticos. El nombramiento de Cecilia López en el Ministerio de Agricultura es el derrumbe del dominio del partido Conservador sobre su cartera, con las implicaciones profundas que ese giro tiene en la distribución de la tierra y en la prolongación de baldíos que el uribismo sostuvo desde el silencio y la desvergüenza, sin nombrar el atentado más grande de la historia reciente al futuro del campo, con el peculado por apropiación a favor de terceros de Agro Ingreso Seguro, a cargo del ministro estrella Andrés Felipe Arias. No deben estar nada tranquilos los gamonales prehistóricos que han sabido mimetizarse en la modernidad con la impunidad extendida desde las últimas décadas a sus contornos, y, por supuesto, su decisión estará centrada en los ataques sutiles y elegantes a las políticas que los perjudicarán en el periodo que apenas inicia y que apenas se adapta a las prácticas diarias del poder. No les queda más entonces que infiltrar el Acuerdo Nacional y obtener de primera mano las alertas tempranas que necesitan para reaccionar. Los ultras seguirán haciendo el ruido que necesitan desde los bastiones enceguecidos, interpretando todo lo que suceda en el mundo como un efecto colateral de la izquierda, azuzando la emoción que necesitarán en la creación de la nueva campaña renovada desde la frescura de otra quimera. Y tendrán, también, la vocería patética de Enrique Gómez, que sigue gimiendo en la oscuridad ante cada nombramiento ministerial, profetizando catástrofes y plagas apocalípticas que solo él podrá detener con el aura sagrada de su estirpe.