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El magnicidio en Haití sigue retumbando en el mundo junto a la noticia que arrasó con todos los efectos del shock: 26 militares retirados colombianos participaron presuntamente en la operación que acribilló al presidente en Puerto Príncipe. El ministro de Defensa, que solo hace pública su presencia para apagar incendios de una institucionalidad colapsada, confirmó la nacionalidad de los implicados y aseguró, como lo repite cada tres días en sus comunicados de prensa desbordados por la espectacularidad del absurdo, una rigurosa investigación de los hechos. Nada explica aún el tipo de operaciones encubiertas en las que ya parecen participar mercenarios nacionales en los confines del mundo, y mucho menos aún si existen conexiones estrictamente políticas entre los hechos y los contratados para el crimen. La lógica y la tradición permiten suponer que el operativo puede ser parte de esa larga historia de acciones armadas adelantadas por mercenarios a sueldo, sin que lo ideológico atraviese sus fines.
Lo que no puede argumentar aún el Ministro estrella entre la oscuridad y las dirigencias del Ejército es el vínculo de algunos de los implicados en investigaciones por crímenes extrajudiciales que les impediría salir del país con tanta flexibilidad. Francisco Eladio Uribe aparece entre los tantos integrantes de la fuerza pública investigados por la JEP, y su repentina aparición en un comando de la muerte en otras tierras del continente resulta aún más escabroso y desconcertante. Sus antecedentes no son precisamente los de un suboficial estructurado entre el profesionalismo marcial y el cumplimiento riguroso del arte de la guerra, como suelen llamar a los convocados a grandes operaciones al margen de su antigua vida militar. Aunque aún las investigaciones inician, sin soluciones ni claridades próximas a revelarse desde esta gobernanza de intereses propios, el escándalo con dimensiones extremas no parece llegar a buenos puertos de información en caso de que se revele con evidencias contundentes la participación de militares retirados en operaciones golpistas y magnicidas, mucho más aun cuando los escándalos mas graves de la historia, protagonizados también por oficiales con dádivas y premios por muertos en combate no ha alcanzado la trasparencia que el país ha exigido reiteradamente, mientras los mandos bajos y medios siguen cayendo como moscas y los altos comandantes lo niegan todo frente al mundo.
Sea cual sea el trasfondo real de este maremágnum novelesco con grandes muertos en el centro de la luz, los gobiernos implicados intentarán, hasta donde sea posible, contener la información a su conveniencia y publicar lo que sus oficinas de prensa sugieren ante un incendio que puede incrementar sus estragos con problemas diplomáticos incluidos, ya que aparece ahora también, en distintas fotografías recientes, el representante legal de la empresa contratista bajo escándalo, Antonio Intriago, entre amistades de altos oficios gubernamentales. Así lo ha querido ocultar todo Colombia desde la Cancillería y los despachos ante casos como el del embajador en Uruguay Fernando Sanclemente, y ese gran laboratorio de coca con tintes de alta diplomacia sin que hasta ahora nada nuevo haya sucedido. Y lo hicieron también, matizando entre todos los recursos del show, la injerencia peligrosa de la embajada en Washington durante las elecciones presidenciales del norte, y sin pudor, lo repitieron ante la gravedad del abuso de poder del gobierno frente a las manifestaciones pacíficas. Es la cultura del maquillaje y la mentira, y aunque ya sepan la dimensión de los hechos en Haití y los posibles vínculos más graves de lo esperado, harán magia y circo con todos los métodos usados, y apagarán otro escándalo más grande que el anterior, mientras dejan el trono y sus despachos a merced del viento.
