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Todas las muertes

Juan David Ochoa

29 de enero de 2021 - 10:00 p. m.

Ha muerto también el ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, entre la catástrofe de una pandemia sin fin, y la vacuna en Colombia sigue dilatándose sin información pública. 50.000 muertos ascienden entre los pronósticos que se esperaban en los plazos medios, los hospitales han desbordado su ocupación, y la emergencia alterna de la sanidad mental, que estalla progresivamente y en silencio, empezará próximamente a ocupar también los titulares de prensa y a obligar a otras urgencias.

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Contra todas las evidencias del terror, el presidente Iván Duque decidió conmoverse públicamente y con solemnidad ha decretado por primera vez un duelo nacional por la caída de un ministro de su gabinete. Han creado la atmósfera de una tristeza general y profunda que no fue pensada antes, entre las cifras iniciales que ya habían superado lo previsto y azotado la economía de todos los estratos. Los cálculos políticos y selectivos en sus prioridades resultan revictimizantes y peligrosos para un país que se hunde cada vez más en el odio y en la marginación. Pareciera que la muerte del ministro Trujillo fuera un nuevo comodín entre sus estrategias publicitarias sobre una catástrofe que no merece la identidad de los otros. Solo ahora que ha muerto uno de los suyos, en un comunicado a todas luces oportunista, se decreta el luto nacional por las víctimas. No lo habrían hecho aún si no hubiera muerto un miembro del Gobierno, como hasta ahora no han demostrado un mínimo de interés en un comunicado oficial por la otra catástrofe que también sigue azotando las regiones con su guadaña de sangre: las masacres perpetradas por ejércitos irregulares que siguen desbordando las cifras del año anterior y el espanto de todos sin que las comunicaciones del Palacio de Nariño parezcan inmutarse. Es un absoluto desastre que escapa al lenguaje y a la verisimilitud, y no hay instituciones que respondan. La Procuraduría, ahora dirigida por Margarita Cabello, amiga íntima y fiel del presidente perdido, no hará lo que tendrá que hacer en el tiempo restante del poder, y la presión sobre su gestión será la misma del fiscal Barbosa, y del contralor Carlos Felipe Córdoba, y de la fabulesca consejera presidencial para Derechos Humanos, Nancy Patricia Gutiérrez: la misma disposición pública para el maquillaje y la diplomacia de las buenas formas, como lo hizo el ministro Trujillo en sus comunicados evasivos sobre la gravedad de los casos que afrontó sin entregarles nunca la dimensión humana que merecían.

Pareciera que el desmadre nacional entre la sangre y los funerales sin identidad y sin luto seguirán hasta el final del cuatrienio, negándose todos en el gabinete entero a informar lo urgente y lo fundamental, postergando las acciones reales hasta que no queden plazos prudenciales, evadiendo las preguntas dramáticas que hasta ahora siguen sin hacerse frontalmente contra un Gobierno que responde con rencor y furia a toda disidencia. Otras familias y otros cuerpos siguen muriendo en este instante sin dignidad. Serán miles más mientras no llegue la vacuna que el Gobierno nacional ha prometido como un favor. Es una burla que sigue haciendo de este país un matadero mientras el luto solo se rinde a los ministros que le juraron lealtad al poder.

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