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Tormenta y calma

Juan David Ochoa

17 de diciembre de 2022 - 12:00 a. m.

Termina el año en que la incertidumbre política, plagada de miedo, paranoia y mentira, hizo del tiempo previo a la elección presidencial una tormenta que rozó los límites de la violencia en una historia reconstruida en la traición y la muerte. El tiempo posterior, entre la calma y la derrota de la tradición de 200 años de predominio, y entre castas y alcurnias resguardadas en patrones sin giros, demostró levemente que el escándalo y la histeria por la transición a un ala política alternativa no solo eran injustos, sino ridículos. Era el temor profundo a las nuevas formas de gobernanza sin las directrices de los bancos que deliberaban la vida y el destino de un país atravesado por la inequidad, sin el mínimo intento por acercar la economía a la justicia y a un mínimo humanismo entre las formas.

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Las comparaciones con los modelos de regiones cercanas, donde la izquierda ha cometido los errores que otras derechas ultras también, los excedieron sin que nunca se haga alusión a la falsedad de ese racero, fue una táctica ruin que solo pudo servirles hasta que el tiempo de esa mala propaganda se hizo obvio. Se terminó de fulminar las intenciones y los prejuicios cuando José Antonio Ocampo, el ministro aclamado por los gremios empresariales del país, fue nombrado en la dirección de la cartera que el miedo infundado creía que iba a ser utilizada en el delirio del comunismo soviético y en la improvisación de un manejo sin equilibrio y sin norte.

La distensión del temor y de la incertidumbre fue sustentada con hechos pragmáticos y acordes a una visión amplia del Estado que no tuvieron los alfiles del uribismo, pequeños espíritus obedientes al evangelio de un paradigma de parroquia que debía responder sin chistar a las órdenes de gamonales y banqueros enceguecidos por la costumbre de los privilegios que no tuvieron nunca un ajuste en la viabilidad o en la ética de sus acciones. El año político del 2022 tuvo la atmósfera de transiciones entre la tormenta y la serenidad de un terror que nunca fue y una mentira que descongeló sus artificios. La oposición que estrenó sus estrategias desde la posesión presidencial no ha podido encontrar el tono y el enfoque discursivo para convencer a un bastión que quedó huérfano en el pantano de un tiempo falseado, una ficción teórica que creyeron perdurable y útil mientras los réditos del poder podían asegurarles su sobrevivencia y su fortuna o, en su defecto, su tranquilidad bajo un paradigma seguro. Ahora solo existe el abismo de esa tranquilidad colonial derrotada por otra historia y otros códigos sociales que han elegido democráticamente una nueva dirección, sin que hasta hoy hayan podido rebatirla con argumentos contundentes.

Una nueva mesa de negociación y los avances de la reforma tributaria en la práctica de un nuevo tiempo revelarán otras aristas del poder, mientras que el ciclo de un nuevo año acortará la proyección del cumplimiento de un partido que ha querido rendir con la solemnidad de una idea humanista monumental y pretensiosa en un país humillado, al ritmo de un periodo de gobierno que se hará más corto ante la belleza del idealismo.

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