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7 May 2022 - 5:00 a. m.

Tradición de magnicidios

Ante la alerta temprana de un atentado contra Gustavo Petro, a pocas semanas de la primera vuelta presidencial, y entre el clima político más tenso de las últimas décadas, la indiferencia burlesca del Estado y de personajes públicos ha circulado con la frivolidad del prejuicio y de la ligereza. La organización criminal “La Cordillera” parece haber adelantado una logística con altas sumas de financiación entre su amplia y estructurada oficina de sicarios, mientras alternan su tradición con el control del narcotráfico en el Eje Cafetero, articulados con 22 organizaciones criminales del país. Lo alarmante, más allá de los intentos siempre predecibles de un país hiperviolento para atentar contra todo y contra todos, es la tendencia casi instantánea de los políticos superficiales que parecen desconocer, o lo hacen con saña, la historia de sangre que han dejado las candidaturas que intentaron remover la mínima estructura de esta tradición de gamonales, anclados a un paradigma bancario de la economía negado a negociarse por siempre.

Los magnicidios de Jorge Eliecer Gaitán, Jaime Pardo Leal, Álvaro Gómez, Bernando Jaramillo, Carlos Pizarro, y Luis Carlos Galán parecen no significar nada entre la camarilla de funcionarios del establecimiento cómplice y determinador de sus muertes, aunque el mismísimo Álvaro Gómez haya caído también desde el otro lado oficial del espectro. Los autores intelectuales, siempre cubiertos bajo el manto poderoso del contubernio entre el lobby y los altos despachos del poder, aún gozan entre el silencio de una impunidad humillante para todos los que intenten asomarse a las arterias centrales del pudrimiento. Les sigue pareciendo a los mismos repetidores del prejuicio que esta historia de magnicidios no puede repetirse una vez más, con otro rostro en un nuevo escenario del pánico ante un próximo giro que les truncaría el dominio de 200 años de equilibrio. La historia ha sido suficientemente clara en los pactos que las cámaras invisibles del poder han acordado con los círculos marginales del crimen para filtrar información de seguridad y orquestar asesinatos que han quedado bajo la autoría obvia y visible de cabecillas anárquicos y escurridizos, imposibles de capturar para un Estado paralítico, o prolongados en el tiempo de las búsquedas hasta que una muerte natural los libere de los juicios públicos.

La respuesta del Gobierno Nacional ante un posible atentado que lo haría estallar todo y definitivamente, con los límites insospechados de una implosión, tuvo en un inicio el tinte de la negación para no cederle a su campaña adversa los réditos de la visibilidad. Ahora han avanzado en mesas de articulación para reforzar la seguridad del candidato, no sin antes reiterar, una vez más con la frivolidad clásica y natural de un Gobierno sin pensamiento, que el candidato Petro tiene uno de los esquemas más fuertes del país, intentando minimizar la gravedad del contexto. Entre toda la combustión y el fuego, Iván Duque intenta impulsar métodos para levantar la imagen de un poder perdido, aumentando el salario a la Policía Nacional, insistiendo en que es el más alto en los últimos 29 años. Es lo único que puede hacer entre la parálisis absoluta de su gestión, en todos sus cuatro años de ineficacia.

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