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Con su nuevo tono de locutor enamorado de su propia voz, Iván Duque termina una semana de estrategias adversas, cada vez más bajas y rastreras en su camino labrado a la última deshonra. Ha resultado para todos un verdadero encarte y un estorbo: un presidente siempre perdido, siempre errático, siempre improvisado. Sus mismos copartidarios saben muy bien que su figura es la carta adversa de la próxima candidatura presidencial de esa política exclusivamente violenta que solo puede acudir a la mentira y al rencor para atraer cíclicamente a sus adeptos. Pero aun con estrategias mitómanas y emocionales, sospechan que no les alcanzará esta vez para sostener el trono de todos los intereses alrededor del poder. Ya ha sido suficiente y evidente la catástrofe de una marioneta que luce ahora rota y sin ningún escrúpulo para seguir mintiendo con gestos de solemnidad ante toda una nación con su mirada atronada y convencida de su propio fracaso. Traer a otra figura al atril publicitario de la defensa de esa bandera será trabajar contracorriente, más ahora que han usado los parlantes y medios, los que quedan a su servicio, para exagerarlo todo y modificarlo de acuerdo a sus últimos intentos electorales, sus últimos chasquidos de pólvora al viento de la historia, sus últimos rugidos de furia contra los fantasmas que se fueron y no pueden revivir.
Tendrán de nuevo a los candidatos opositores que sabrán desprestigiar, pero ha sido tanta la evidencia de sus tácticas que les será imposible convencer una vez más con los estigmas clásicos: la fórmula del miedo ha mutado a otras realidades, y sus últimos recursos desesperados para ajustar las cajas de los bancos los han dejado bajo los reflectores de la obviedad: una nueva reforma tributaria entre un desastre económico y sanitario sin precedentes los está graduando entre las máximas posibilidades de la infamia, y lo saben muy bien, como siempre, pero no lo pueden evitar. Las órdenes de sus financiadores son claras y las búsquedas de sus intereses más puros no los podrán alejar nunca de esa vocación para revictimizar a una sociedad que no ha podido ser más desigual porque no hay más cercas para la marginación. Lo que queda es seguir extinguiendo lo ultrajado y continuar insultando lo que ya ha perdido su dignidad. Así que les queda solo la mentira circular y el desprestigio propio para salvar una última imagen entre la adversidad del tiempo, porque todo está en su contra: la fragilidad económica de todos los sectores, salvo las empresas de su elección; la violencia desatada en las regiones que niegan la efectividad de esa hiperbólica farsa de una seguridad democrática; el desborde de los cultivos ilícitos que contradicen sus índices de victoria; los avances lentos de una vacunación que no se negoció a tiempo por física y pura negligencia; la ausencia de propuestas al interior de ese partido de la muerte que solo actúa bajo el dogma de la venganza; la perdición de todos sus posibles candidatos en una elocuencia convincente que afronte los tiempos que llegan. No tienen nada, pero allí está el presidente locutor, intentando actuar una vez más para acabar otra semana en su hecatombe y repitiendo a todas luces que ese intento fallido de su prolongación en el poder, por una camarilla de congresistas desconocidos, se hizo a sus espaldas.
