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30 Apr 2022 - 5:00 a. m.

Verdades alumbradas

En la primera audiencia de reconocimiento de responsabilidades por parte de integrantes del Ejército Nacional en crímenes de guerra que aún inundan la historia con cifras macabras, el suboficial Néstor Gutiérrez pronunció las palabras que el Estado se había negado a enunciar desde la aparición del horror. Su audiencia sigue resonando en todos los cuerpos aún, como un escalofrío oscuro y profundo, negado a volver a la costumbre. “asesiné cobardemente, les arrebaté la ilusión, les desgarré el corazón a sus madres, por la presión de unos falsos resultados. Por tener contento a un gobierno. No es justo”. Es la primera vez que el exterminio de civiles es aceptado ante la JEP en un discurso de arrepentimiento y aporte a la verdad histórica, como un alumbramiento sin antecedentes en la extención de un conflicto prolongado entre la guerra informativa y la impunidad, sin verdades públicas ni dolientes más allá de los círculos íntimos de sus familias revictimizadas y abandonadas por la insistencia de un Gobierno negado a reconocer la culpabilidad de sus políticas de grandes resultados sobre todos los cuerpos y los nombres. La JEP ha permitido ahora la verdad y una acción de resarcimiento sobre la memoria que sigue confrontada por el negacionismo aberrante del Centro Nacional de Memoria Histórica, dirigida por Darío Acevedo: el funcionario elegido por Álvaro Uribe Vélez para narrar la verdad a favor de una historia reducida al heroísmo de la victoria, aunque la gravedad humanitaria de los muertos alternos de esa ambición resultara atravesada por el desangre.

No deja de ser una ironía hiriente que todo suceda al mismo tiempo en que el General Zapateiro esté usando su investidura al frente del Ejercito Nacional para declararse un enemigo público de la Constitución, y tenga el envalentonamiento suficiente para desafiar la institucionalidad que juró respetar con la misma solemnidad que ahora intenta demostrar con la fiereza peligrosa de sus discursos de choque, aunque el tiempo y los contextos históricos le resulten adversos.

Frente a la JEP, siguen eludiendo las evidencias de la historia con palabras grandilocuentes de honor, sin importarles demasiado que el mismo uniforme se deslegitime progresivamente con agravios ante las familias que siguen esperando una respuesta dignificante del Estado que sistemáticamente los ha marginado como voces incómodas por ser inconvenientes a los intereses generales del prestigio.

Las palabras del cabo Néstor Gutiérrez trascienden el tiempo y el abismo de esta historia escupida desde los altares sagrados del poder para que las verdades nunca aparecieran con los efectos que ahora se revierten contra los agentes siempre defendidos por la presunción eterna de inocencia y por la imponencia del dominio oficial de las armas, que les daba el aval de la alta responsabilidad de su uso para defender los civiles de una nación, y las usaron para exterminarlos con el silencio cómplice de sus superiores en la escala de todas las responsabilidades políticas. La audiencia ha permitido reconocer, por primera vez, que el dolor es general y nos pertenece a todos, y que las dimensiones humanas de este desastre son parte de las formas en que nos recordaremos siempre como testigos activos o silentes de un profundo infierno.

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