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Verdades confirmadas

Juan David Ochoa

07 de agosto de 2021 - 12:00 a. m.

Muy callados, por supuesto, están los canales oficiales del poder y los despachos pagados para la eficacia estratégica de la omisión con las recientes declaraciones de Salvatore Mancuso y Timochenko en la Comisión de la Verdad. No podía ser otra historia ahora que el poder lo siguen ostentado los perpetradores de ese último coletazo de la vileza, y los más interesados en que la verdad desaparezca entre el humo de las distorsiones o la negación. Por eso resulta sospechosa toda la extravagancia de eventos recientes que parecen ajustados a la medida de los intereses y a la estrategia política de su permanencia. Para el uribismo, la aparición de las declaraciones progresivas de Mancuso son atentados directos a sus intenciones electorales y un golpe inesperado en sus apuestas solemnes de eternidad sin juicios. Los tiempos del poder con tanta sumisión les hizo creer que ese silencio conveniente sobre sus excesos y aberraciones podía prolongarse sin fin. Por esa misma razón, hicieron lo imposible por evitar la extradición del comandante con las pulsiones del embajador que ahora ha heredado su oficina en Juan Carlos Pinzón para continuar las órdenes a conveniencia.

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Mancuso ha dicho en la Comisión de la verdad lo que se ha sabido siempre entre la obviedad y los silbidos de la justicia inútil: que el exterminio de la Unión Patriótica es obra directa del Estado, y que los paramilitares cumplieron ordenes directas de ese alto poder que los cubría mientras financiaban su avance en todas las montañas del país cortando cabezas y arrasando sospechosos y extraños y testigos y lideres y alcaldes que no estaban afín con la nueva imposición de la verdad, esa única y férrea verdad que evangelizaba el político que había llegado para sanear la historia con las purezas marciales del orden. La logística y las estrategias de dispersión las han confirmado los demás jefes todopoderosos del momento: “Don Berna”, “El Alemán” y “HH”, y el mismísimo general que coordinaba la brigada estratégica en las zonas de su “pacificación”: Rito Alejo del Río. Solo que ahora lo dice el jefe supremo con palabras claras y sin evasivas, sin corrección política y sin miedo. Lo dice frente a ese mismo poder al que obedeció sin escrúpulos y sin pudor, pagando ahora el grave precio de su mando al frente de esos grupos armados con los que el Estado decidió limpiar toda su responsabilidad jerárquica y directa. Timochenko, esa otra imagen del alto poder en el conflicto sigue aportando también lo que conoce desde las entrañas de la historia sin que el gobierno lo use a su favor por simple táctica de disuasión: omitirlo, aunque les favorezca sus confesiones, les permite anular mediáticamente a la JEP y a la Comisión que siguen empeñados en destruir a pesar de sus viejas y fallidas objeciones. Pero allí seguirá narrándose la historia desde una justicia alternativa que no podrán eludir tan fácil, aunque el juego les resulte ahora provechoso y aparentemente eficaz. Son más los nombres y protagonistas centrales de la podredumbre que los señalan desde una sombra que se traga todo con esa oscuridad que oficializaron desde los sótanos del DAS y desde los pasillos ocultos del Palacio presidencial en los tiempos más sórdidos del silencio.

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