Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
William Ospina lo ha hecho de nuevo. Contra toda razón y lógica posible, el humanista y divulgador de la historia nacional, azotada por la traición permanente de sus políticos decadentes, ha intentado argumentar forzosamente la grandeza y la altura moral de Rodolfo Hernández como la fórmula definitiva frente al desastre pantanoso del tiempo. En una extensa columna que sobrevuela las últimas nubes de la retórica sobre las élites y sus ultrajes, sobre la estirpe de la corrupción y el delirio de una sociedad exhausta, no expone ninguna de las recientes atrocidades cometidas por el candidato top de la renovación histórica. En una entrevista, sin posibilidad al error, sin retractación y sin nervios, el candidato confesó su admiración por Adolfo Hitler. Lo dijo con el tono y la soberbia propia de quien ha podido demostrar su poder y sus ideas de prohombre aplaudido por súbditos sin consecuencias en sus dominios. Con entera tranquilidad, cuando su aspiración presidencial se hizo pública y los medios preguntaron sobre sus ideologías peligrosas, intentó infructuosamente modificar la versión argumentando un lapsus extraño en su memoria. Lo hizo también con el gesto y la soberbia de quien sabe que puede seguir mintiendo sin efectos drásticos y sin afectaciones en sus planes próximos.
Nadie se atreve a lanzar una confesión semejante en público, salvo quien tiene una afinidad real y una conciencia de la impunidad profunda cuando el blindaje de su nombre parece seguro. William Ospina sabe perfectamente bien la dimensión y la trascendencia de esa postura, pero no le pareció suficientemente grave para denunciarla en su larga exposición de virtudes. Tampoco le parece grave la ausencia de un programa sólido en su aspiración política. Hernández solo ha repetido insistentemente, con gritos babeantes y manotazos rabiosos, el lugar común que todos conocen entre la obviedad más simple: la total y asfixiante corrupción que azota esta historia desde sus entrañas, desde sus cargos burocráticos más invisibles hasta el máximo trono de la culpa.
Todas las evidencias que podría detallar un observador común sobre un candidato tan básico las omitió en su columna exclusiva de elogios. Ospina decidió alabarlo sin pudor, describiéndolo como la promesa perdida desde los tiempos en que Gaitán apareció en la historia. Tampoco le pareció relevante nombrar las irregularidades sub judice en celebración de contratos desde la alcaldía de Bucaramanga y las sanciones permanentes en su contra por maltrato físico y verbal a contradictores, opositores y conocidos. Una de las víctimas de su furia bíblica fue amenazada de ser el blanco próximo de un tiro.
Ninguna de esas anécdotas suficientemente peligrosas ha sido nombrada por el humanista que ha interpretado al candidato como la promesa postergada para revitalizar la franja amarilla, pero ya lo había hecho también hace siete años valorando el voto por Óscar Iván Zuluaga, justo en el momento en que se decidía la continuidad o la destrucción del proceso de paz, después de haber escrito un portentoso número de páginas sobre los horrores del odio y las bajezas de las traiciones del poder contra la dignidad de un país insufrible. Su interpretación de la realidad, tan sensible y estética y humana, no suele aparecer en los momentos en que podría aplicar la altura de las palabras y de las teorías para que los ideales puros dejen de estar entre la bruma de inutilidad.
Su columna célebre en tiempos críticos, tan ilustre y elevada entre denuncias de las castas de la tradición y la alcurnia de los apellidos, era en la práctica una influencia para el voto de la guerra, y lo sabía sin posibilidad al error o a la duda. Su influencia ahora por el voto a favor de Rodolfo Hernández, mimetizada entre la misma lírica de la oscuridad y del misterio, promueve la continuidad de un político común que asciende al poder con cantos de sirena y un reduccionismo tan torpe que no admite discusiones, solo comparaciones con las candidaturas burdas y vigentes que tiene en su entorno, y que pueden explicar su rápida ascendencia en los números de favorabilidad.
Los vientos románticos que recibía Lord Byron en un monte de Inglaterra siguen esperando las metáforas de William Ospina. Su prosa de humanista misterioso no suele acercarse a las tormentas de la realidad.
