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El arte, desde antiguo, se ha erigido como reducto para la evasión, como refugio para los corazones y como tribuna para la rebeldía.
De allí esa relación tensa que siempre han mostrado las artes y la política. Recordemos que ya en el siglo V a. C., en su tratado sobre la recta constitución de la polis, expulsa Platón a los poetas de la ciudad por no considerar sus libros aptos para la formación de los ciudadanos. Los gobiernos han solido obrar en consecuencia con aquellos designios de la filosofía política que pretenden enseñar la forma de perpetuar el poder. Y cuando han entrevisto algún riesgo o cuestionamientos que hacían tambalear sus cimientos no han dudado en expulsar de sus dominios a pensadores y a artistas. Son muy recordadas las purgas de intelectuales en los regímenes totalitarios, donde sufrieron torturas y perecieron muchas de las mejores almas de tantas naciones. Tampoco Colombia ha sido ajena a esta práctica indigna y lamentable, y la lista de exiliados va desde Jorge Zalamea hasta Gabriel García Márquez, pasando por Seki Sano y Marta Traba.
En ocasiones suelen algunas personas plegarse a los dictámenes del poder de turno, pero hay también artistas que, convencidos de su vocación y de su destino, aceptan con entereza el ostracismo o aun la muerte antes que las vulgaridades estéticas y las ideologías superficiales y baratas de burócratas discutibles. Cuántos intelectuales y escritores rusos no fueron a morir a las frías y remotas estepas siberianas por no ceñirse a la ortodoxia que decretaba el gobierno de turno. Cuántos intelectuales y artistas no vieron envilecida su existencia entera en los campos de concentración del régimen nacionalsocialista por su obra, su inclinación sexual o su tendencia política. Alexander Solzhenitzyn pasó ocho años en los gulags por sus críticas al régimen, y su obra (Un día en la vida de Iván Denísovich, Archipiélago Gulag…) es un testimonio notable y doloroso de la realidad que vivían los prisioneros políticos del régimen soviético. Primo Levi estuvo recluido once meses en Auschwitz, hasta su liberación por parte del Ejército Rojo. Años después publicaría un testimonio, terrible y descarnado, sobre su encierro en los campos de concentración nazis: Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados…
El régimen nazi calificó como arte degenerado todas aquellas expresiones y todos aquellos logros artísticos que las vanguardias produjeron en el primer tercio del siglo, y condenaron a la hoguera muchas obras y al exilio a muchos autores. Del otro lado del espectro político el proceder no fue distinto y anularon expresiones valiosas que las vanguardias soviéticas habían ideado desde los albores del siglo XX. Trajo esto como consecuencia un arte estereotipado, producido dentro de los estándares que ordenaba el establecimiento; un arte mediocre que reñía con la ebullición de las vanguardias y que anulaba toda la expresión del espíritu y de la individualidad del artista.
