La vida está hecha de costumbres. De tercas repeticiones que se nos convierten en hábitos. De rutinas bien asentadas. De actividades que a fuerza de repetirlas van forjando nuestro ser. Y dentro de esa regularidad cada quien encuentra más placer en ciertas labores: a ellas dedica sus mejores empeños, su voluntad más denodada, sus horas más sinceras; son los sostenidos en la sinfonía del vivir.
Del cultivo asiduo de esas tareas nacen las aficiones: la adicción y el amor que crean una pasión. Entendido de este modo, el hedonismo no sería más que la entrega a los oficios que amamos, a los hábitos que somos; el placer de lo logrado y la admiración por lo construido que redundan en la alegría de vivir; la borrachera y la excitación que crean nuestros entusiasmos. De allí nace el imperativo baudelairiano: “Hay que estar ebrios siempre”. Y su consecuente apostilla: “Hay que embriagarse sin tregua […] De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense”.
Solo cuando esta adicción doblega la voluntad se cae en el abismo de lo patológico; mientras ello no ocurra todo vicio es una virtud. El mejor antídoto para evitar la ruina que causa la enfermedad lo enseñó hace cuatro siglos mi muy caro François de La Rochefoucauld: “La única manera de no perderse en un vicio es tener varios”.
He ahí la tarea más digna y alta de toda existencia: encontrar la fruición en el instante, poner todo el amor y el corazón en cada acto, aficionarse al vivir. Es lo que cuenta, pues al final se evaluarán la pasión y el entusiasmo con los que anduvimos el camino, los hechos —bellos o deplorables, tristes o heroicos, magnánimos o mezquinos— de que fuimos capaces. Lo expresó de manera insuperable un místico español del siglo XVI, san Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán del amor”.
De mí puedo decir que desde hace muchos años me enamoré del café en las mañanas, de la lectura paciente y silenciosa de libros hermosos, de la charla animada con los amigos al calor de una bebida espirituosa, de las reuniones con mi familia, de pasear por ciudades conocidas o ignotas cogido de la mano de la mujer amada; de contemplar los atardeceres serenos con sus franjas malva y sus arreboles solferinos en lontananza, de una chimenea encendida en las horas frías y de una cerveza fresca en los días calurosos; de la lealtad de mis amigos, de la sinceridad de intenciones de quienes me cruzo en el diario vivir, de la honestidad de quienes emprenden conmigo; de la intensidad del silencio y de las músicas entrañables, del placer de ver felices a cuantos me rodean y de la poesía de los libros y de los actos.
Me enamoré de todo eso que delata la voluptuosidad del instante. Y por ello brindo en este comienzo de año. ¡Salud!