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Quizá nada hay más difícil para una ciudad que crear nuevos íconos, sean emocionales, urbanísticos o arquitectónicos. Muchos de los hitos de las grandes ciudades fueron construidos tiempo atrás. Un ejemplo arquetípico de renovación urbana lo encontramos en el París haussmanniano, la reforma que, por mandato de Napoleón III, hiciera el barón Georges-Eugène Haussmann en la segunda mitad del siglo XIX en la capital francesa. O el Madrid de los Austrias, aquella zona de la ciudad en donde descuellan los edificios y monumentos renacentistas y barrocos encargados y construidos durante los reinados de Carlos I y Felipe II. O, en nuestros días, las Islas de las Palmas en Dubái.
Como ejemplos de hitos arquitectónicos se pueden mencionar La Alhambra, en Granada; el palacio del Hermitage, en San Petersburgo; el palacio de Sanssouci, en Potsdam, en las afueras de Berlín, o, más recientes, el Empire State, en Nueva York, las torres Quíos, en Madrid, o la Ciudad de las Artes y las Ciencias, en Valencia.
Y como íconos emocionales de una ciudad nos vienen a la memoria los restos del muro que durante años demedió la ciudad de Berlín, los campos de concentración y exterminio en abandono en Alemania y Polonia (Buchenwald, Auschwitz, Dachau…), o el Puente Viejo (Ponte Vecchio) en Florencia. En Bogotá, El beso de los invisibles se ha convertido en uno de esos íconos emocionales de la capital.
Y traigo todo esto a colación porque se están conmemorando los 10 años de la creación de este mural que, además de ser icónico, continúa siendo uno de los más grandes y admirados del país. La obra se inspira en una fotografía de Héctor Fabio Zamora. Durante un evento oficial del expresidente Juan Manuel Santos, a propósito del desahucio del barrio del Bronx, dos habitantes de la calle, Hernán y Diana, se daban un beso arrebatado y lleno de pasión. De espaldas al acto de la pompa del poder, ajenos a las luces de las cámaras de video y de fotografía de acólitos presidenciales y del gremio periodístico, ignorando el desalojo policial y el gesto político que estaba en juego, dos personas que la sociedad de nuestro tiempo ha dado en llamar, con dureza y desprecio, “desechables” se fundían en un beso inverecundo con amor y fruición; invisibles para todo el ornato y la parafernalia del poder.
Zamora captó el instante con su cámara fotográfica y lo inmortalizó en un mural de más de 400 metros cuadrados, en la culata de un edificio de 11 pisos, en el centro de la ciudad, a pocas cuadras de lo que fuera el Bronx, con el equipo de Vértigo Graffiti acompañado por el muralista peruano Jade.
Para conmemorar los 10 años de uno de los murales más icónicos de Bogotá, la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (FUGA) y el colectivo de artistas de Vértigo Graffiti se dieron a la tarea de reparar la obra. Se trató, sostienen ellos, de una reparación y no de una restauración, pues la obra original fue modificada ligeramente. En cualquier caso, la tarea de todo el equipo de trabajo revitalizó uno de los murales más sentidos de Bogotá, que nos invita a reconocer la existencia del otro y percatarnos de su presencia, a veces molesta, siempre inquietante, y nos recuerda también que aun en las condiciones más precarias y más adversas sigue habiendo lugar para el abrazo, el beso y el amor.
