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El bien y el mal

Juan David Zuloaga D.

14 de octubre de 2021 - 12:30 a. m.

Cada comunidad política presupone la existencia del mal. Dentro de toda sociedad o de toda forma de Estado, por incipiente que ella sea, hay unas normas, tácitas o expresas, orales o escritas, que rigen la conducta de los individuos y encauzan sus acciones. Constatación ruda y desesperanzada de la maldad humana o, en todo caso, de su inclinación o propensión al mal.

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Allí donde hay sociedad —por precaria que sea esta asociación entre humanos— hay normas. No existe mentís más rotundo a toda teoría anarquista o antropológica que predica la existencia del buen salvaje.

Estas consideraciones las expuso con claridad meridiana, hace años, Carl Schmitt en El concepto de lo político y en otros de sus tratados de filosofía política. Las tesis están bien expuestas allí, pero de nosotros hablan mal. Y por ello tiene que entrar el Estado a educar a los sujetos y a refrenar sus impulsos bestiales, que no están desprovistos de depredación y ánimos de persecución y muerte.

“Si el hombre fuera bueno” —nos dice Nicolás Maquiavelo en El príncipe a propósito de ciertos criterios que postula para la acción del político—, “si el hombre fuera bueno estos preceptos no lo serían, pero como no lo es…” aparece como un mal necesario esa contención estatal. Por eso nos parece normal o, en todo caso, justificado, tras siglos de evolución y desarrollo del Estado moderno, que agentes armados de la policía, por ejemplo, combatan a manifestantes inermes: porque el Estado ha sabido instaurarse y legitimarse como instancia educativa, judicial y policial. Esto es, educa a los ciudadanos, los judicializa y los combate cuando lo considera necesario (según normas y límites que él mismo define). Y detenta (o aspira a hacerlo) el monopolio legítimo de la violencia en su territorio. Delimita y define, pues, el bien y el mal.

La labor estatal aparece entonces como imprescindible para mantener cierta concordia al interior de la comunidad política. Su labor primordial —se ve con claridad a la luz de estos razonamientos— es la de educar a los individuos, la de hacerlos ciudadanos. Hay Estados que educan en el respeto de la ley, en una cruda y estricta deontología; otros hay que educan o aspiran a educar en la excelencia; los hay también que educan en el terror (o bajo la ley del terror). Ojalá llegue el día en que puedan los hombres ser educados en la bondad y en la belleza, que son una.

atalaya.espectador@gmail.com, @D_Zuloaga

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