En ocasiones, frente a la dureza del mundo, nos volvemos a preguntar por la esencia de la realidad. Viene a veces la vida cargada de tantos y de tan insondables dolores, de golpes tan crueles o tan desafortunados, como si adviniese un terremoto en nuestras vidas, que parece que no podremos volver a comenzar…
Una de las tareas principales que desde siempre se ha impuesto la filosofía es la de dar cuenta de la realidad. Dos principios, nos dice Clément Rosset en su ensayo El principio de crueldad, rigen esta tarea descomunal: el principio de realidad suficiente y el principio de incertidumbre. Explicar estos dos principios es la tarea que se impuso Rosset en su libro y que logra de manera admirable. Ciertos apéndices de estos ensayos completan el libro. Apéndices que complementan de manera oportuna y justa las reflexiones emprendidas en los dos primeros textos; nos habla en ellos de la inobservancia de lo real, de la atracción al vacío y de lo que denomina el autor el ‘seguro a todo riesgo’, en donde muestra la manera terca en la que nos aferramos a nuestras creencias.
El ensayo de Rosset nos recuerda que la dureza de la realidad no impide que la realidad sea como es, y que no podemos sustraernos a su crueldad. Dar cuenta de esa realidad, nos dice, supone ser eco y dar testimonio del mundo, a la vez que evaluarlo. La mirada filosófica, sostiene, es interpretativa, pero también creativa, pues las imágenes que propone de la realidad no son fotografías, sino recomposiciones que siempre difieren del original, como un retrato difiere de su modelo.
Frente a su dureza, algunos filósofos (Platón, Rousseau, Kant…) apelan a cierta insuficiencia de la realidad para intentar explicar o justificar crueldad tan desmesurada del mundo. Idéntica crítica hace Nicolás Maquiavelo a este tipo de filósofos: «Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta diferencia de cómo se vive a cómo se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación». Si es tan dura la realidad, arguyen ciertos filósofos, entonces no ha de ser real, no ha de ser verdadera, no ha de ser la realidad. Reemplazan el ‘eso es’ por la idea de que es imposible e inadmisible que ‘eso sea’, como si el mundo real sólo fuera admisible hasta cierto grado de crueldad. Y oponen al reino apremiante, soberano e ineluctable del ser el reino fantasmagórico y moral del «deber ser». Eso enseña y denuncia Rosset.
Pero nada se puede contra la realidad. O casi nada. Cuando asoma la crisis en cualquiera de sus manifestaciones (de época, social, individual), es decir, cuando se tambalea la realidad, aparece también la filosofía ora como antídoto, ora como consuelo. Como antídoto buscando nuevos fundamentos que vengan a reemplazar los cimientos resquebrajados o caducos de la civilización o del mundo, como remedio cuando ofrecen o quieren ofrecer consuelo a los corazones, como lo hicieron en su momento las filosofías helenísticas —el estoicismo, el epicureísmo y hasta el cinismo— para intentar responder a la crisis de su tiempo. Con todo, resultan estas unas filosofías menos idealizadas, pues saben la realidad, esa nuda realidad, vagarosa o inquebrantable, y así la aceptan. No tratan de edulcorarla, sino de soportarla. Y la aceptan no como hubiéramos querido que fuera, sino como es.