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Sólo conozco dos juegos en los que el empate es posible: el ajedrez y la vida.
Las tablas en el ajedrez explican bien lo que significa empatar: la imposibilidad de hacer un movimiento adicional sin que uno gane y el contrincante pierda. Y si parece que en la vida siempre gana la muerte, tan definitiva, teniendo siempre la última palabra, es porque no se ha pensado en el balance que reclama toda existencia. Porque una vida marca un camino y traza, de manera indefectible y por los siglos de los siglos, una estela. Que esa estela sea más o menos visible depende de la notoriedad y de la valía de las acciones, pero toda existencia, por silenciosa o insignificante que pueda parecer, deja una huella que cambia el decurso de la humanidad.
Y cuando esa vida fue bien vivida, cuando deja tras de sí obras o acciones memorables que procuraron bien a muchos y cuyas semillas abren surcos hermosos y encomiables, entonces la historia –ese tribunal invisible aunque patente– dictaminará para las almas grandes y nobles un empate entre la vida y la muerte. La historia sopesará y dirá que las acciones que este o aquel hicieron suman tanto como la muerte; y en ocasiones más que ella. He ahí la noble tarea del vivir; del buen vivir.
Mediado este año que termina, Juan David Laserna expuso en Plural su muestra El empate. En su momento hablé de ella y conté que las obras allí reunidas habrían de desaparecer, pues fueron pensadas y concebidas tan sólo para esta exposición.
Se trataba de 51 piezas en carboncillo que Laserna trabajó durante seis meses para la exposición –ella misma una metáfora– y que pretendía ser un lugar intermedio entre la vida y la muerte, entre la victoria y la derrota, entre la lucha con el lienzo en blanco y la conquista que significa la culminación de una obra. Nunca se logra la idea que el artista esboza en su imaginación, pero se logra una obra, y ella tiene dignidad y tiene belleza. Es menos que la idea, quizás, pero es más que la inacción y que la nada.
La exposición aparecía, pues, como un límite, y como un desapego y un sacrificio. Anonadar con un gesto el trabajo arduo, esmerado y riguroso de seis meses. Se aniquilan los dibujos, sí, son retirados del mercado del arte, se impide con la destrucción su posesión, no son coleccionables y están condenados a desaparecer desde el momento mismo de su gestación, como ocurre con toda vida; pero queda el gesto artístico, queda el documento, queda el registro fotográfico de la obra y quedan los escritos que nos hablan de ella. Queda, entonces, decretado el empate.
La exposición, decíamos, era metáfora y era alegoría. Del arte, de la creación, de lo fugaz y de lo efímero, de lo perdurable y de lo perenne, y de lo que une esos dos extremos que llamamos existencia y que es el paso del tiempo.
A veces el arte y la historia del arte lanzan tales desafíos. Según cuentan, Rudolf Schwarzkogler, militante del Wiener Aktionismus (Grupo de Acción Vienés), en un último perfomance, tras una vida de gestos en los que su propio cuerpo había sido objeto de su práctica artística, decide lanzarse al vacío desde la ventana de su cuarto. Perdió la vida, pero nos dejó la obra.
