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La politización del sueño

Juan David Zuloaga D.

19 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

Decía en la columna anterior que una de las señas de identidad de los regímenes totalitarios es que politizan todas las esferas —públicas y privadas— de la vida, el sueño incluido. Y para estudiarlo traía a colación el ensayo de Charlotte Beradt sobre el asunto, El Tercer Reich de los sueños. También el régimen que instauró la URSS logró politizar el sueño. En su logradísima biografía sobre Stalin, Koba el Temible: La risa y los veinte millones, Martin Amis dedica varias páginas al tema y un parágrafo de la primera parte lleva por título, precisamente, La politización del sueño.

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Era tal el temor que se le tenía al régimen, y a sus terribles mecanismos, que los ciudadanos soviéticos precisaban adivinar el alba para conciliar el sueño, pues la policía secreta del régimen soviético actuaba sobre todo durante la noche. La pretensión era que ni siquiera en sueños las personas se sintiesen libres del influjo del régimen. Jrushov sostenía que “un bolchevique es una persona que se siente bolchevique incluso cuando duerme”.

Amis trae a colación en ese capítulo el proceso en contra de Vsiévolod Meyerhold, quien durante el período culminante del Gran Terror había disgustado a Stalin con la puesta en escena de una obra. Primero lo atacó el periódico Pravda, según el acostumbrado ritual, como aviso de lo que se avecinaba, y su teatro fue clausurado. Stanislavski le dio empleo y algo de protección, pero no había transcurrido un año de la muerte de éste cuando se dio a Meyerhold la oportunidad de retractarse en una conferencia organizada por la Comisión de Asuntos Artísticos. No se retractó, en cambio criticó el estado de los teatros que le parecía lamentable y bochornoso, y sus “producciones insípidas y aburridas, todas iguales y sólo diferentes por su grado de insignificancia”. Al cabo de unos días lo detuvieron. En una carta a Mólotov narra lo sucedido: tenía 65 años. Lo tendieron boca abajo, lo golpearon en la planta de los pies y en la espalda con una correa de goma. Días después lo golpearon de nuevo con la correa encima de los moratones; aullaba de dolor y no podía dejar de llorar. Caía en el jergón y lograba dormirse después de un interrogatorio de 18 horas, sufría convulsiones y lo despertaban sus propios quejidos. “Cuando es eso lo que nos despierta, sabemos que nos han politizado el sueño”, acota Amis.

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Pero la cuestión va mucho más allá. La politización del sueño no se restringe a despertar por el temor al Estado y a sus crueles mecanismos de represión, no se limita al hecho de no querer dormir por temor a que llegue la policía secreta, sino a que, aun dormidos, los ciudadanos sienten el influjo del régimen. Los regímenes totalitarios pretenden moldear al ciudadano en todos sus aspectos, desde el vestido hasta la educación, pasando por las artes y todas las expresiones de la cultura de una sociedad. Los sueños, esa especie de diario nocturno que vamos escribiendo mientras dormimos, parecen siempre escapar a nuestro arbitrio, y muchas veces se nos antojan ajenos a nuestra realidad. Tenemos sueños absurdos, deshilvanados, caóticos… Pero, pese a todo, los sueños guardan siempre relación con nuestras vidas, con nuestros anhelos y con nuestros temores, con nuestras vivencias y con nuestras expectativas, con nuestros logros y con nuestras fobias. Cuando, de repente, todo ello comienza a relacionarse con las pretensiones y con las proclamas del régimen, con sus maneras y con sus dirigentes es porque se ha politizado el sueño. Y, tal vez, ya no hay vuelta atrás.

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@D_Zuloaga

juandavidzuloaga@yahoo.com

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