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La sensibilidad de la guerra

Juan David Zuloaga D.

19 de agosto de 2021 - 12:00 a. m.

Nos hemos acostumbrado a la presencia de la violencia en nuestra sociedad. Se ha vuelto cotidiana. Y nos hemos acostumbrado a la muerte. Aun si el país ha logrado bajar –por muy diversas razones– las tasas de homicidios en los últimos años, la presencia continua de la guerra nos ha ido insensibilizando hacia la violencia y ha permitido que ella penetre la esfera familiar y los actos cotidianos.

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Pequeños actos de la vida ordinaria los hacemos a veces cargados de rabia: manejar un carro sin cederle el paso al peatón o cerrando al vehículo vecino, participar en un foro de discusión (que en Colombia no suelen ser espacios de debate, sino de polemología), publicar un tuit que incite al linchamiento virtual (o hasta físico) de una persona. Gestos de todos los días que para nosotros pasan desapercibidos, producto de la insensibilización que décadas de guerras no resueltas han dejado en todos los colombianos; gestos que, por supuesto, a los ojos de un extraño no pasan desapercibidos porque –y este es el punto– la cuestión no es normal, sólo que en Colombia está normalizada.

Se nos hizo habitual (y aun hábito) esta distorsión, de manera que ni nos sobresalta ni nos escandaliza. Nos escandalizan, sí, como decíamos en las columnas anteriores, las escenas de sexo, de erotismo y hasta de amor; las de violencia no. Estamos en este aspecto más cerca, por ejemplo, de la sensibilidad de un país como Estados Unidos en donde el porte de armas está permitido para todos los ciudadanos y en donde gracias a ese mismo porte libre de armas se ven, de tanto en tanto, matanzas crudelísimas y absurdas en las escuelas perpetradas por adolescentes desgarrados. Y pareciera que nada se puede hacer para llamar a la concordia, pero están prestos para censurar en Instagram, tal y como ocurrió la semana pasada, el cartel de la última película de Almodóvar en el que se ve un seno lactante.

No se trata de una pugna o de una incompatibilidad entre distintas sensibilidades, sino de su brutal inversión. También se aprecia en algunas sociedades islámicas. En muchas de ellas se practica la infibulación del clítoris de todas las mujeres o se recurre a los castigos físicos como la flagelación (incluso se puede llegar a apedrear a las mujeres adúlteras) por preservar una pretendida pureza corporal, por vetar el cuerpo y la figura humana; en este caso concreto, el de la mujer. Como están volviéndolo a vivir las mujeres de Afganistán con el retorno de los talibanes al poder.

No pueden desterrarse de la vida en sociedad las pasiones humanas, pero es labor del Estado educar esas pasiones para que la convivencia entre los integrantes de una comunidad política sea lo más sana posible. Lo normal debiera ser una sociedad que eduque en la cooperación, en la solidaridad, en la empatía, en el respeto y en el cuidado del otro. En una palabra, que eduque en la belleza. Qué lejos estamos en Colombia de todo ello.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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