Una de las tesis más inquietantes de Victor Klemperer en su estudio sobre la lengua del Tercer Reich es que la libertad sin límites que se permitió durante la República de Weimar auspició el rápido ascenso del Nacionalsocialismo en Alemania.
Cuando leí esta tesis contraintuitiva no pude en un primer momento sino sentir consternación. ¿Cómo era posible que la libertad, cualquiera que ella fuese, pudiera conducir a la tiranía y al despotismo? Sostiene Klemperer que apenas si se censuraba ninguna expresión literaria, periodística u oratoria; que la República de Weimar dio libertad plena a la palabra y a la escritura, «de una forma que podría calificarse de suicida».
Lamento análogo profiere Stefan Zweig en El mundo de ayer, en relación con la Viena de su tiempo: «Pero a tal punto era grande, en aquella era liberal trágicamente débil y enternecedoramente humana, el repudio de toda violencia y todo derramamiento de sangre, que el gobierno cedió ante el terror nacionalista alemán. […] La irrupción de la brutalidad en la política pudo registrar su primer éxito».
De estos argumentos se infiere que también la libertad debe conocer sus límites. Pues una libertad que se ejerce sin coto y sin medida, y que nunca es refrenada por el régimen político en cuestión, puede entronizarse y usarse como pretexto para dañar y para denigrar al otro.
Todo ello viene condensado en la crítica que se le ha hecho a la tolerancia pura: tolerar es una virtud, sí, y debe protegerse en la comunidad política, pero no debe tolerarse a los intolerantes porque hacerlo conduce a un contrasentido. Y tal abuso de la libertad ha permitido históricamente que aquí y allá germinen y prosperen partidos políticos y pandillas cuyo objetivo es aniquilar al otro, pongamos por caso el Nacionalsocialismo y su odio contra los judíos o el Ku Kux Klan y su odio a los negros.
En nuestro tiempo las redes sociales han permitido despotricar de cuanta persona nos imaginemos, a veces sin razón y casi siempre sin medida. Por esta causa algunas personas en Colombia –políticos, actores, líderes de opinión– han tenido que retractarse y restituir el buen nombre de la persona denostada. Es lamentable que así sea, pues el daño ya está hecho. En cualquier caso, como no siempre sabe educar el Estado a sus ciudadanos es necesario que al menos pueda y sepa corregirlos.