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Atalaya

Los sonidos del mundo

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Juan David Zuloaga D.
07 de septiembre de 2023 - 02:05 a. m.
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Poca bulla se hizo en el país en torno a la ley contra el ruido.

El parlamentario Daniel Carvalho radicó el mes pasado un proyecto que pretende cuidar la salud física y mental de los ciudadanos a la vez que civilizar las diferencias entre vecinos. Cualquiera que haya caminado por el centro de las principales ciudades del país sabe lo necesario que resulta este proyecto de ley. Basta con atravesar las calles más transitadas y las plazas más concurridas para que nos asalte una vorágine de parlantes, radiolas, altavoces, vitrolas y radios de todos los tamaños en una competencia insana y enfermiza por ensordecer sin piedad y sin recato al peatón. Aquí se oye el pregón del chontaduro, “a mil con miel”; más allá están las promociones del aguacate, “sí hay, oiga, sí hay; mantequilla en pepa”; acullá ofrecen mangostinos y protectores de pantalla, “a cinco mil, tres en diez, el original, el que no se raya”. Cruzando la acera se encuentran los de los adaptadores del celular y los del mamoncillo, cuando hay temporada. Están también los de la pitahaya y los del limón, “a tres y a cinco mil”; los de las zapatillas deportivas “¿qué talla busca?, amigo” y los del brasier y solo cucos, “para dama, para señorita, siga sin compromiso”. No puede faltar el voceador de almuerzo ejecutivo, “mojarra, sí hay mojarra, caballero, si no le gusta no me la paga”; tampoco faltan los predicadores evangélicos de esquina que, Biblia en mano, conocen la fecha del fin del mundo y de la venida del Señor, aunque se sabe que en más de una ocasión han fallado sus cálculos, o sus fuentes; todos en una marejada sin fin que no deja lugar al pensamiento y tranquilidad a los viandantes.

Y toda esta algarabía ocurre al lado de bibliotecas y de universidades, de hospitales y clínicas de reposo… pero el proyecto de ley no pretende acabar la fiesta. Ni más faltaba, estamos en Colombia; tan solo regular el ruido y eliminar la contaminación acústica, esto es, establecer los límites justos del volumen.

No se trata de convertir las ciudades en monasterios ni las plazas en conventos. No. Se trata de armonizar los decibeles para que todos podamos tener voz, y paz y silencio. Cada rincón en el mundo tiene su propia música; trátese del campo o de la ciudad. Es distinta la música de los mares que las sinfonías que nos trae el viento del páramo, como distintos son los silencios de una biblioteca que los de un hospital. No se trata de imponer el mutismo por decreto, sino de dejar que surjan los silencios íntimos y las músicas propias de cada espacio, y aun los conciertos y las algarabías de auditorios y de estadios según la naturaleza de cada recinto, pues cada uno alberga sus silencios y sus gritos, sus músicas y sus tempos, y se trata de a todos dejarlos ser.

Lo entendió hace años la banda argentina Reynols, liderada por un el gran Miguel Tomasín, cuyo síndrome de Down no le impidió producir un álbum de culto: “Gordura vegetal hidrogenada”. Se trataba de un disco compacto vacío, o eso creían los ingenuos. Los melómanos pronto se daban cuenta de que habían comprado los sonidos del mundo, y entonces podían oír el andar de los desesperados, las charlas animadas de los vecinos, los suspiros de los enamorados, los pregones de los vendedores ambulantes, los lamentos de los desempleados que pueblan las plazas, los gritos regocijados de los niños que juegan en los parques, las mechas de los tejos y los choques de las bolas en los chicos de billar; las melodías de las discotecas y los murmullos de los bares. Y en las noches, los pasos lentos y desmañados de los parrandistas, las tristezas de los solitarios, el callado rumor de las estrellas y el vaivén del mundo en su ciego andar.

Y a todas esas expresiones del alma que buscan cabida en el universo la ley quiere dejarlas ser.

juandavidzuloaga@yahoo.com, @D_Zuloaga

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Carlos(19865)08 de septiembre de 2023 - 05:38 a. m.
Mucho me temo que ese laudable propósito no se podrá alcanzar en nuestro atribulado país. Aquí lo primero en que se piensa es en la "musiquita" para "amenizar" el "negocio" a todo volumen así se cause daño a los demás. Ojalá se tratara de piezas instrumentales y de canciones que elevaran el espíritu pero no, se prefieren el reguetón, el despecho, la norteña y el chucu-chucu. ¡¡Qué finos y elegantes somos!!
Carlos(34560)08 de septiembre de 2023 - 01:28 a. m.
Siempre he pensado que el sonido ideal es aquel en que usted puede hablar sin necesidad de gritar. Bienvenida esa ley, ojalá se haga realidad.
alberto(26571)07 de septiembre de 2023 - 10:29 p. m.
No solo en el centro de las ciudades. Qué tal los tamales los domingos temprano, los chatarreros de todos los días y el bárbaro que hace sonar un mugido de vaca para vender mazamorra paisa. Por fin alguien piensa que los vecinos merecen consideración y respeto.
Luis(14946)07 de septiembre de 2023 - 09:50 p. m.
está prohibido botar basuras ! y ???
Luis(14946)07 de septiembre de 2023 - 09:49 p. m.
la realidad no se transforma con leyes y para el caso la ley será letra muerta al no haber manera de aplicarla . sabía usted que por ley el robo está prohibido ? y ? . no vale la pena hacer reglas que nno se pueden cumplir . Este asunro es de educación y no se necesitarían leyes
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