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Tras dos años de ausencia por causa de la pandemia, este año tuvo lugar una nueva edición de Rock al Parque, uno de los festivales de arte y cultura más queridos por los bogotanos.
Por la costumbre de realizarlo todos los años, a veces se pierde la dimensión del evento. Este año contaba con tres escenarios simultáneos, veinte bandas distritales, más de veinte bandas nacionales y más de cuarenta agrupaciones internacionales de Francia, Países Bajos, Costa Rica, Panamá, Brasil, Suecia, Reino Unido, Polonia y Alemania que brindaron su espectáculo al público en dos fines de semana consecutivos, en el Parque Metropolitano Simón Bolívar, constatando de este modo que Rock al Parque sigue siendo el festival de rock gratuito más importante de toda América Latina.
La talla de los artistas viene a complementar la magnitud del evento. El cartel lo componían nombres como Christina Rosenvinge, Love of Lesbian y Nacho Vegas desde España; La maldita vecindad, de Méjico; Bajo Fondo de Uruguay y Argentina; Miranda y Bersuit Vergarabat de Argentina y bandas locales como 1280 almas, Titán y Krönös. Una asistencia de más de trescientas mil personas completó el cuadro.
Además de la calidad musical del evento, huelga señalar la organización del mismo y el respeto y el cuidado de los asistentes por el espacio y por los conciertos. Un ingreso fácil y ordenado al parque, una distancia prudente entre las tarimas para la presentación de los distintos artistas, buen sonido y pantallas gigantes en cada uno de los escenarios, cubrimiento periodístico y transmisión en vivo de Radiónica y de Canal Capital, y un público educado que celebraba y cantaba el concierto de los artistas y que cuidaba las instalaciones y los escenarios. Aunque eran muchos los asistentes, los espacios destinados y adecuados para los conciertos estaban limpios y cuidados.
Todo ello muestra que la ciudadanía de hoy en Bogotá no es la misma que la de hace unas décadas y muestra también que sí existe una cultura ciudadana que comenzó a cultivarse desde las alcaldías de Antanas Mockus, de Enrique Peñalosa y, quizás también, desde la de Jaime Castro, que fue tan importante. Hay aún mucho camino por recorrer, pero no cabe duda de que los índices de civilidad han mejorado mucho en Bogotá.
Y este festival muestra también que sí se pueden organizar eventos grandes y ambiciosos, y que los recursos invertidos en cultura siempre rinden sus frutos. Ciudad, Alcaldía y ciudadanía pueden trabajar en conjunto para seguir construyendo un lugar mejor para todos. Esa es la tarea y ese debe ser el destino de Bogotá.
@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com
