Nada más común en Colombia que una escena de crueldad. El sábado una banda de sicarios irrumpió en una fiesta de 15 años en Santander de Quilichao, Cauca, y asesinó a tres jóvenes; dos más continúan en la clínica intentando salvar sus vidas. En la tarde del lunes asesinaron en Popayán a Esteban Mosquera, líder estudiantil que tres años atrás había perdido un ojo en una jornada de protestas.
Aún recuerda el país con repugnancia y dolor que los paramilitares jugaron fútbol con las cabezas de sus víctimas, aún recuerda los descuartizamientos con motosierras y las casas de Buenaventura en las que a machetazos picaban a ciudadanos para anonadar todo rastro de su existencia. Todo esto recuerda Colombia –y más–, y todo se perpetró con la más despiadada, la más indecible, la más cruenta sevicia que imaginar se pueda.
¿Actúan o pueden actuar con sevicia los animales? ¿O es triste prerrogativa de los humanos? Lo que suele observarse en las escenas de caza es que una vez la presa se rinde, una vez ofrece su cuello al depredador, este merma la violencia: lo mata, sí, para procurar su alimento, pero no lo hace con sevicia. Cuando la presa está vencida cesa el ataque.
No ocurre igual con los humanos. Puede rendirse el enemigo (o quien es tenido por tal) y aun así puede ensañarse contra él su verdugo. La tortura es invención humana y su ciencia reside no en hacer que la víctima muera, sino en lograr que sufra durante tiempo prolongado.
Y la causa no es, como en el mundo animal, la búsqueda del alimento ni la propia defensa, sino la celebración de la guerra. Y guerra significa que un humano mata a otro humano, que un hermano mata a otro hermano. En la escena más desoladora de Underground –esa película magistral de Emir Kusturica que es también la historia de Yugoslavia narrada en dos horas y media– uno de los personajes principales le dice a quien comenzó siendo su mejor amigo y terminó siendo su antagonista: «Ninguna guerra es una guerra verdadera sino hasta cuando un hermano mata a otro hermano». Sí, así es, pero, además, todos somos hermanos.
Ocurre, sin embargo, que aún nos cuesta comprenderlo. Y en Colombia se aprecia, además, que quienes más sufren la guerra son quienes tratan de evitarla. Pudiera creerse que las víctimas de la guerra están inmersas en una espiral de violencia y de revancha y de rencor. La realidad nos muestra lo contrario. Todavía recuerda el país –o medio país– con el alma helada de espanto e indignación que cuando ganó el No en el plebiscito por la paz, por causa de una campaña adelantada con todas las mentiras y con infamia insondable, los habitantes de Bojayá en Chocó, que en un 97% habían votado por el Sí a la paz, al conocer los resultados siniestros del conteo se recluyeron a cal y canto en sus casas, intentando resguardarse de la guerra tras sus paredes impregnadas de horror y violencia.
Y sin embargo, ese clamor desgarrado de las víctimas de nada valió. Pues aquí, pese a tanto y tan absurdo sufrimiento, nos seguimos matando.