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A veces creemos que ciertos vicios o ciertas vulgaridades van quedando atrás en el decurso accidentado del mundo. Y a esa superación de yerros constantes, de barbaries sin número y de mezquindades sin coto la llamamos civilización. Pero he aquí que viene la historia, es decir, el diario acontecer, a darnos un mentís rotundo y desolador.
Una de esas aberraciones que creíamos superadas era la de la quema de libros.
¿Por qué se destruyen libros? Dejando de lado las circunstancias que se pueden atribuir a desastres naturales –inundaciones, terremotos…–, se destruyen por odio o por temor. Por odio a una doctrina o por temor a una verdad revelada en esos volúmenes misteriosos que albergan universos enteros.
En el año 213 antes de nuestra era, Shi Huandi, unificador y primer emperador de la China, ordenó quemar todos los libros, salvo los de medicina, de agricultura y de adivinación. Creó una biblioteca imperial, sí, pero en la que sólo tenían cabida los libros de la escuela de los legalistas, adicta al régimen.
Barbaries y locuras que creyera uno de tiempos pasados, decía. Sin embargo, hace unos meses, en Canadá, en la provincia de Ontario, la Junta Escolar Católica Providence, que agrupa a 30 escuelas francófonas, organizó una quema de cerca de 5.000 libros infantiles (Astérix y Tintín incluidos) y de historia porque consideraron que su contenido era obsoleto y ofendía la imagen y la memoria de los indígenas. «Un gesto de reconciliación con las primeras naciones», dijeron de esa aniquilación brutal del pasado.
Se quemaron, pues, por odio a una visión que el pasado tenía sobre distintos pueblos. Que hoy esa mirada nos parezca cruel o deshumanizada habla del avance moral de nuestro tiempo. Pero quemar esos libros por corrección política no sólo es caer en una barbarie similar a la que pretenden denunciar, sino es también negar la posibilidad de que las generaciones presentes y futuras comprendan o estudien la manera en que los tiempos pasados se leían a sí mismos y leían al otro.
La solución no debería ser, claro, la de quemar los libros, sino la de leer más.
