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Atalaya

Quiero hablar con las flores

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Juan David Zuloaga D.
04 de junio de 2026 - 05:04 a. m.
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Desde hoy y durante cinco días se presenta en nueve ciudades, en el marco del ciclo de cine sobre arte de Cine Colombia, una película documental sobre uno de los pintores más polémicos del siglo pasado: Egon Schiele. Un artista que retrató esas pulsiones humanas que su contemporáneo Sigmund Freud acababa de descubrir para el psicoanálisis.

La película, dirigida por Michele Mally y con guion de la propia Michele Mally y de Arianna Marelli, no está exenta de poesía ni está exenta de belleza; como la obra de Schiele, todo lo cuestionable que se quiera su estética a la luz de la sensibilidad de hoy. No en vano la película lleva por título Tabú. Los reproches que habrían de venir sobre su obra los previó el propio Schiele: «Ninguna obra de arte erótico es obscena, cuando es significativa en los dominios de las artes. Deviene obscena sólo a través del observador, si él es obsceno».

Su universo artístico, sin embargo, no se agota en la desnudez de los cuerpos, como cierta mirada prejuiciada pudiera hacernos creer. Su obra, enigmática e inquietante, pinta figuras distorsionadas; cuerpos golpeados por la soledad; seres incomprendidos retorciéndose de angustia o de dolor. Al fin y al cabo, nos habla Schiele de lo humano. Desde una óptica personal y única. Y por eso podemos decir que se trata de una obra de arte. Porque la suya es un retrato de la fragilidad humana y de la dificultad para comunicarse con el otro. Como si su obra rezumara soledad, incomprensión, ansias de huir: «Quiero huir de Viena tan rápido como sea posible» escribió en su diario. «Todo es feo aquí. Todos me tienen envidia y nadie es auténtico. Mis antiguos colegas me observan con miradas falsas. Reina la sombra en Viena; la ciudad es negra, todo sigue la norma. Quiero estar solo. Quiero irme a la selva bohemia. Mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre. Debo ver algo nuevo y estudiarlo. Probar aguas obscuras, ver la luz, el sol. Gozar de los valles verdes y húmedos en la noche. Cazar el destello de los peces dorados, observar cómo se amontonan las nubes blancas. Quiero hablar con las flores».

Porque flores también pintó; aun en medio de la devastación y de la locura de la guerra. Flores exangües, flores languidecientes y casi tristes. «Todo lo opuesto de la exuberancia», sostiene Elio Grazioli, crítico de arte italiano, en una de sus declaraciones. Flores moribundas y hastiadas que son alegoría de la soledad humana. Esa misma soledad que rezuman los seres de sus pinturas, aunque parezca que se tocan y que quieren abrazarse. Retrata Schiele una soledad, sí, pero una soledad demasiado humana. Una soledad que reivindica y que nos reclama.

@D_Zuloaga

juandavidzuloaga@yahoo.com

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