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Nos quieren matar, y nos matan. En lo que va corrido del año se han perpetrado 88 masacres y, entre enero y septiembre de este año, más de 9,500 personas han sido asesinadas[1]. La tarea principal del Estado, de todo Estado, con independencia del ropaje que éste adopte, es (o debe ser) la de preservar la vida de los ciudadanos.
Sólo un Estado enfermo se permite atentar contra sus propios súbditos. Y sólo en los regímenes totalitarios se torna política de Estado esta práctica. El caso más recordado es el de la Unión Soviética en el siglo XX. Cada vez que una persona se hacía odiosa al régimen, por razones fundadas o infundadas, por causas verdaderas o imaginarias, los alguaciles del establecimiento ponían toda la maquinaria estatal al servicio del crimen para aniquilar a la persona y, más aún, para eliminar todo rastro de su existencia. De este modo reescribían la historia: borrando la presencia incómoda de ese personaje que otrora fue principal en el régimen y en la construcción de la Nación. No les bastaba a estos regímenes totalitarios con anonadar el ser, había también que aniquilar su memoria.
Difícilmente se puede imaginar mayor insensatez y maldad. Pero he aquí que contra este delirio de la acción se yergue enhiesta la sensatez de la filosofía. En una de las páginas más memorables de cuantas escribió Vladimir Jankélévitch encontramos resguardo y consuelo frente a las pretensiones aniquiladoras de los Estados patológicos y protervos.
Está página hermosa y admirable, que escribió Jankélévitch en un tratado sobre la nostalgia fue esculpida en una placa de piedra en el frontispicio del edificio en el que durante tantos años habitara este filósofo sutil y cultísimo en la ciudad de París. En esta página, que también sirvió de epígrafe de La memoria, la historia, el olvido de Paul Ricoeur, enseña que puede un Estado o una persona matar a otra, que pueden incluso borrar o pretender borrar la existencia de una persona y su paso, modesto o glorioso, por el mundo, pero lo que nunca nadie podrá lograr es erradicar de la faz de la tierra el hecho de que tal persona existiera; el hecho de haber existido. Su mera existencia modifica para siempre la faz del mundo y el decurso de los tiempos, abre nuevos caminos y un porvenir distinto…
«Lo que ha sido no puede no haber sido», escribió Vladimir Jankélévitch en su tratado sobre la muerte. Pues el hecho de haber sido –enseña– «es inalienable. Nadie nos puede privar de ello, ni puede refutarlo, nadie puede rehusárselo a otra persona: me pueden materialmente sustraer el ser, pero no pueden nihilizar el haber sido. Quien muere nunca podrá retornar a la vida, pero aquel que ha vivido nunca jamás recaerá en la nada prenatal; lo irreversible, que impide su resurrección, impide su nihilización. Desde el momento en el que alguien nace, ha vivido, permanecerá siempre algo, incluso si no puede decirse qué; no podremos en lo sucesivo hacer como si este alguien fuera inexistente en general o como si jamás hubiese estado. Por los siglos de los siglos será preciso tener en cuenta este ‘haber-sido’». Y remata esta reflexión esa frase que se esculpió en su morada y que puede juzgarse emblema de toda vida. Dijo Jankélévitch: «Aquel que ha sido no puede en adelante no haber sido: en adelante este hecho misterioso y profundamente obscuro de haber vivido es su viático para la eternidad». Y dijo bien.
Atalaya.espectador@gmail.com, @D_Zuloaga
[1] Medicina Legal. Boletín de septiembre. Entre enero y septiembre han muerto por homicidio 8.954 hombres y 717 mujeres.
