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Sexo y violencia

Juan David Zuloaga D.

05 de agosto de 2021 - 12:00 a. m.

En nuestro tiempo dos variables sirven de filtro y de censura en el cine y en la televisión: el sexo y la violencia.

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Las dos variables no son gratuitas, claro; son, más bien, reflejo –a veces tácito, a veces manifiesto– de lo que escandaliza a una sociedad. Son muestra y termómetro de cierta escala de valores y de repudios al interior de una comunidad política.

Por eso la clasificación de las películas no guarda siempre unos mismos criterios en distintos países. Porque una mujer que muestre la pantorrilla, pongamos por caso, puede ser motivo suficiente de indignación y de censura en un país musulmán, pero no en otras latitudes. De modo que una película que puede ser clasificada para mayores de edad en un país apenas si recibe censura en otro o la escena mencionada puede ser suprimida del todo en el país del ejemplo y pasar desapercibida en otras naciones.

En Colombia, hijos de la Contrarreforma como somos, nos continúan escandalizando mucho las escenas de sexo en el cine y en la televisión. En el cine, espacio más personal de creación de los autores (del guionista y del director), tienen presencia dichas escenas, sí, pero pasan por el tamiz de la censura. En la televisión, en cambio, son harto infrecuentes. Todavía recuerda el país el escándalo que causó la serie televisiva Los pecados de Inés Hinojosa, basada en la novela homónima de Próspero Morales Pradilla; serie que se produjo hacia finales de los 80 y que beatos y beatas veían y disfrutaban en privado, pero criticaban y censuraban en público.

Somos, en cambio, más tolerantes con la violencia. Las escenas violentas nos escandalizan menos o no nos escandalizan; es decir, nos parecen normales. Constituye esto, sin duda, un síntoma de la omnipresencia de la violencia que desde la guerra entre liberales y conservadores de mitad del siglo XX, o incluso desde la Guerra de los Mil Días, vive el país. Dicho en breve: nos hemos acostumbrado a la violencia; nos hemos acostumbrado a vivir y convivir con ese monstruo siniestro que en Colombia tiene cientos de cabezas.

En otros países –los nórdicos me vienen a la mente– las escenas sexuales son habituales en cine y series televisivas, mientras que son raras las escenas de violencia. En Colombia sucede justo lo contrario. «¿Y cuál es el problema?», preguntará el lector. Pues que las actitudes que tenemos hacia el sexo y la violencia son reflejo (reflejo fiel, me atrevería a decir) de la manera en que nos comprendemos al interior de una sociedad. Que nos escandalice el sexo y toleremos la violencia significa que nos parece raro que sean públicas las muestras de cariño, y nos parece normal que nos odiemos unos a otros. O que nos matemos entre hermanos desde hace dos siglos.

Y todo esto me parece grave y me parece muy preocupante, pues la cotidianidad arraigada de los actos y de los gestos de violencia ha hecho que, a fuerza de ser normales, nos impida ver la sociedad despiadada y hostil en la que vivimos.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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