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Atalaya

Sobre la biblioclastia

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Juan David Zuloaga D.
04 de noviembre de 2021 - 05:00 a. m.
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No hay violencia más insolente que la que contra los libros se ejerce; es, sin embargo, tan antigua como los propios libros.

La exploración del estrato IV del templo de la diosa Eanna en la ciudad de Uruk –enseña Fernando Báez en su admirable Historia universal de la destrucción de libros– desenterró varias tablillas, algunas enteras, pero otras pulverizadas, quebradas o quemadas; éstas pueden fecharse entre los años 4.100 a 3.300 antes de nuestra era. No se conoce la cantidad de libros destruidos en Sumer, explica Báez, pero puede suponerse que la cifra supera los cien mil por causa de las guerras que azotaron esta zona.

La violencia contra el libro no pretende la destrucción del objeto, sino la negación de lo por él representado. No se trata, por supuesto, de quemar unas hojas o unos papiros, de destruir unas tablillas de cera, sino de borrar el mensaje allí custodiado.

No deja de ser curioso y hasta paradójico que la destrucción de todo libro se hace en nombre de una idea, de una autoridad o de una institución que se juzga superior, ora desde lo moral, ora desde lo político, ora desde lo religioso, ora desde una combinación de estos elementos. Y sin embargo esa superioridad queda en entredicho y se muestra vacilante en el momento mismo en el que siente impugnado su poder por un cúmulo de hojas que albergan un mensaje.

No siempre son los ególatras, los analfabetos o los imbéciles los que queman libros: también pensadores ilustres han quemado o pretendido quemar libros completos y bibliotecas enteras en nombre de un nuevo comienzo político, histórico, intelectual… Uno de los casos más lamentables es el de Descartes, quien, seguro de su duda metódica, propuso que debían quemarse los libros antiguos. El caso más patético de la quema de libros es el de Vladimir Nabokov –un escritor que fue ruso y luego se volvió estadounidense– quemando un ejemplar de Don Quijote frente a sus estudiantes de literatura. Y sobre los comienzos políticos o sociales vale recordar que Seleuco, sátrapa de Babilonia y fundador de la dinastía seleúcida, tras ser nombrado rey, mandó quemar todos los libros encontrados en el mundo porque «quería que el cálculo del tiempo comenzara con él».

Esta violencia contra los libros resulta reprensible al menos por tres razones. Primero, porque toda violencia es reprochable (salvo, quizás, la que contra el mal se ejerce); segundo, porque, como recordó Heinrich Heine, «allí donde queman libros acaban quemando hombres»; tercero, porque se pierden para siempre (o pueden perderse) saberes, bellezas y valores que nutrirían el mundo con su encanto.

No obstante, esta violencia, todo lo absurda que se quiera, resulta explicable, pues en un libro cabe toda una doctrina, toda una verdad y todo un universo. Y éstos –doctrina, verdad y universo– pueden lastimar la sensibilidad de los mediocres, de los fanáticos y de los pusilánimes.

Se explica que haya quien quiera extinguir esa llama de belleza y de verdad que guarda todo libro, porque al día de hoy es lo único que le va quedando de sagrado al mundo.

Atalaya.espectador@gmail.com

@D_Zuloaga

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Alvaro(31173)05 de noviembre de 2021 - 01:46 a. m.
Que siempre perduren. Como seria todo esto, que tenemos que vivir aqui; sin ellos.
DONALDO(67774)04 de noviembre de 2021 - 04:21 p. m.
"No hay violencia más insolente que la que contra los libros se ejerce;..." Juan David, el buen oído debe funcionar cuando se escribe; mira esa disonante cacofonía: <<que la que contra>> Debiste escribir: 'No hay violencia más insolente que la que se ejerce contra los libros...'
Atenas(06773)04 de noviembre de 2021 - 11:10 a. m.
Estamos ok. El libro, y su lectura digerida, es silenciosa cía. sin par. El horror de quemar tales compendios de historia humana nos pone en punto de retorno, de involución, en contravía de lo q’ debe ser el orden lógico a efectos de q’ la especie subsista.
  • daniel(84992)04 de noviembre de 2021 - 09:24 p. m.
    Apenitas, reclámale el horror de quemar tales compendios de historia humana a tu copartidario, la bestia religiosa medieval Ordóñez, fiel amigo de la otra bestia, Matarife 6402. Jejeje....
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