El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Teatro y política

Juan David Zuloaga D.

26 de mayo de 2022 - 12:00 a. m.

Es lamentable ver a lo que se redujeron las campañas que terminan. Unas campañas —y en esto se parecen a las de hace cuatro años— en donde primó el espectáculo sobre el pensamiento, la puesta en escena sobre los programas, los gestos circenses sobre los argumentos y los reclamos mediáticos sobre el contenido.

PUBLICIDAD

Cuando se está dentro de la comedia es difícil percatarse de los trucos de los actores, pero cuando se toma distancia es posible hacer un análisis más sosegado. En su estudio sobre el totalitarismo, llama Hannah Arendt la atención sobre el modo en el que, durante las últimas décadas del siglo XIX lo político se había convertido en farsa y sus manifestaciones se habían vuelto teatrales. Stephan Zweig, en El mundo de ayer, llamó a esas décadas la “edad de oro de la seguridad” porque todos seguían confiando en viejos modelos que hasta entonces habían hecho funcionar los engranajes de la política, pese a su desgaste más o menos patente. Estructuras anacrónicas siguieron rigiendo los destinos de Europa y Arendt las señala con precisión: el despotismo en Rusia, una burocracia corrompida en Austria, un militarismo estulto en Alemania, una república mediocre en Francia y un imperialismo británico soberbio completaban el panorama.

Crítica espléndida y cruda de la manera en que los ciegos engranajes políticos y sociales siguen funcionando con rigor y hasta con obstinación mientras todo un país se va a la deriva puede leerse en El hombre sin atributos de Robert Musil; tragicomedia cínica —si me permite el lector intentar resumir en una oración una novela de dos mil páginas — de una clase dirigente que en medio de las candilejas y las frivolidades de la vida mundana sigue marchando ordenada, sin apenas darse cuenta, hacia el precipicio.

Algo similar viene pasando en Colombia. Lo triste es que pese a los cuatro años transcurridos, que hubieran podido enseñar —con mucho dolor y mucho desengaño, es verdad— a medir las consecuencias de elegir a un candidato por sus frivolidades (o por las que los medios de comunicación se encargan de realzar) el escenario no varió tanto y los candidatos (casi todos, diría yo) siguieron inmersos en las lógicas superficiales y siniestras de la sociedad del espectáculo, en lugar de cimentar el país del mañana.

Ojalá que para quienes ahora hacen parte de la farsa el golpe de realidad no sea muy estrepitoso, si acaso se percatan de que en el mundo estamos y de que el mundo es vida (o que debiera serlo), y no teatro y representación. Esperemos también que cuando acabe el sainete de las campañas presidenciales y nos toque a los ciudadanos retomar las riendas del destino político del país no sea demasiado tarde.

@D_Zuloaga

Atalaya.espectador@gmail.com

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.