9 Sep 2021 - 5:00 a. m.

Violencia y fanatismo

Una de las formas más inauditas de la violencia es la que brota del fanatismo religioso.

Se cumplen 20 años de los ataques del 11 de septiembre en Estados Unidos. Y aunque muchos de los motivos de dichos ataques aún permanecen en el misterio, la explicación más aceptada es que se trató de un acto perpetrado por el grupo terrorista Al-Qaeda en retaliación por el apoyo de los Estados Unidos a Israel y por su política internacional en Oriente Medio. Originaron estos atentados dos de las guerras más terribles y más largas que ha conocido el mundo en las últimas décadas: la de Afganistán y la de Iraq.

Dos dimensiones tiene la religión. En primer lugar, toda religión se consolida como canal institucionalizado de diálogo con la trascendencia, o al menos de su búsqueda. Y una segunda dimensión de organización social –más o menos compleja, más o menos profunda según cada culto– que se desprende del hecho de que todas ellas pregonan preceptos que moldean la conducta de las personas y que sedimentan en normas.

No obstante, aparecen en algunas religiones grupos de fanáticos que, llevados de una interpretación que desfigura el espíritu del mensaje, pretenden convertir a su causa mediante la violencia y, en ocasiones, llegando incluso a la guerra. Tal sería el caso de ciertos grupúsculos de fanáticos cristianos, o de fundamentalistas islámicos que apelan a la yihad, la guerra santa, empuñándola como arma de ataque para ganar militantes y conciencias.

Esa yihad se reveló con especial crudeza en suelo occidental con los ataques del once de septiembre de dos mil uno. Supuso un llamado de atención sobre esa cruzada que se estaba dando –a veces de manera subrepticia y silenciosa en muchos países– y encontró la respuesta tenaz de los Estados Unidos, con el eco de algunos otros países de Occidente (Inglaterra, Italia, España…).

La religión, en tanto búsqueda de la trascendencia, procura (o al menos predica) el amor unitivo, esto es, la concordia entre los corazones; por eso resulta paradójico, cuando menos, que se mate por razones religiosas.

Han sido muchas las muertes que se han producido por causa de estos enfrentamientos, mucha la violencia y la destrucción que se ha causado por culpa de las guerras de los fundamentalistas. La violencia que se inflige al otro es siempre una insensatez, pero matarse por religión es una locura.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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