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EL AÑO PASADO SE CUMPLIÓ EL CENtenario del nacimiento del poeta granadino Luis Rosales. Como aventuro la hipótesis de que poco se lee la obra de este peculiar poeta en estas latitudes —aceptando, claro, la improbable hipótesis de que todavía se lee poesía—, no me parece superfluo darlo a conocer.
Se le concedió a este genial poeta en 1982 el Premio Cervantes como reconocimiento de su obra. Más nos dirá su autobiografía, que los datos dispersos y quizás caprichosos o arbitrarios que yo pudiera traer a colación. Autobiografía que se puede leer en su ciudad natal en una cerámica puesta sobre la parte posterior de un bello convento de clausura de las Carmelitas Descalzas que fundó el Gran Capitán —aquel que lideraba los ejércitos cristianos en tiempos de la conquista de Granada— y en el que ofició misa san Juan de la Cruz. La losa está en una pequeña plaza que lleva por nombre Plaza del Poeta Luis Rosales, a pocos pasos de la Gran Vía de Colón y, si el lector me permite que cite de memoria, ella reza: «Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir. Y las contase, y las volviese a contar, hasta la última, para no equivocarse, hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente, así he vivido yo, con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño, sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería».
Sí, testamento vital de uno que le cantó a la vida y a la belleza, de un poeta cristiano que le dio gracias a Dios, porque «el camino termina donde empieza». Uno que le confesaba a la amante que la luz de la luna cubría sus huellas para terminar diciéndole: «luz de luna en la mirada/ que aún no ha encontrado el camino/ y al fin en la lluvia vino/ Para mirar deshojada./ Luz de luna en la enramada/ como un acto de perdón/ que le dio a mi corazón/ su bautismo de alegría./ Luna que en la vida mía/ borra el rastro y deja el son».
Poeta, sí, poeta porque le cantó al amor. Y en uno de sus cantos se preguntaba «cómo es posible que la predestinación siempre llegue tarde» y si la memoria no me falla, el poeta respondía: «cuando uno vive tanto que hay que pagar exceso/ Hay algo en el amor como una luz suicida,/ viene del lado de morir, por eso/ Hay amores que han durado algo menos que un beso/ Y besos que han durado algo más que una vida».
Pasó ya el centenario. No importa. Las efemérides son sólo pequeños llamados de atención para que la inercia y el descuido no nos dejen abandonarnos a la bajeza de la ingratitud y a la inclemencia del olvido. Pudo haber pasado el centenario, pero sigue la vida y mientras siga tenemos buenos motivos para continuar leyendo los amables versos de este inmenso poeta.
