De todas las infamias de este país, y en Colombia la lista es larga: asesinato constante de civiles a manos de fuerzas ilegales de todo el espectro político, corrupción en entidades estatales, desfalco en las contrataciones con el Estado, expolio a la nación en todos los megaproyectos, connivencia entre empresas privadas para estafar al consumidor, secuestro y tortura de ciudadanos a manos de bandas criminales, abusos de poder por parte de la Fuerza Pública, y hasta el robo de los dineros que deberían destinarse a la alimentación de los niños... de todas las infamias que a diario pueblan el país, decía, vino a sumarse una más, esta vez por cuenta de la pandemia que azota al mundo.
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Pese a la supuesta mutación de la condición humana que habría de traernos la pandemia tras su doloroso transcurrir, lo que hemos visto es más de lo mismo: sobrecostos en los mercados para las familias más necesitadas, falta de material sanitario básico para los empleados de la salud, cobros abusivos en las transferencias a las familias vulnerables por parte de las entidades bancarias, el Congreso de la República que no sesiona con regularidad, denuncias de abusos por parte de las fuerzas del orden, decretos apresurados expedidos de afán, anticipo de una nueva reforma tributaria y, por supuesto, el anuncio de Vicepresidencia de la creación de otra comisión para fiscalizar las compras y los contratos que se hagan en tiempos del coronavirus. Es decir, los mismos en las mismas.
Con este panorama no se ve por dónde podría asomar el cambio de mentalidad que iba a traer la pandemia. Al menos en Colombia. Pero a todas estas bajezas —tan propias de las fuerzas económicas, políticas y sociales de la nación— vino a sumarse una más que termina de cerrar, tristemente, el resquicio por donde había de pasar la nueva conciencia que anunciaba el fin de la calamidad. A todas las exclusiones y discriminaciones que eran recurrentes en el país de la distancia social vino a sumarse una inédita: la discriminación a los médicos. Como ocurre en toda catástrofe, siempre busca el pueblo un chivo expiatorio sobre el cual descargar su ira, su temor y hasta su frustración. Hoy escogieron a los médicos. Como si ellos fueran no los que están intentando refrenar el mal, sino los que estuvieran causándolo.
Ya hay testimonios y videos en los que médicos, enfermeros y cuidadores son objeto de discriminaciones, insultos y hasta ataques. A algunos no se les permite entrar a la panadería, otros ven despejar las cafeterías conforme llegan a tomar algo, a otros más se les ha invitado con anónimos insultantes a que muden temporalmente su lugar de residencia con la excusa falaz de que “aquí viven niños y ancianos” (“y gente de bien”, les faltó añadir).
Es triste saber que, antes o después, habrán de llegar a los hospitales a pedir el auxilio de quienes ahora discriminan de manera tan cruda y tan detestable. Y ahí los quiero ver. Mientras tanto, sumen ustedes al largo y triste inventario una infamia más de cuantas han germinado en este país: odiar al que ayuda.
atalaya.espectador@gmail.com, @D_Zuloaga