Un computador cuántico realiza en 200 segundos una operación que le tomaría 10.000 años a una computadora actual, pero no hemos aprendido a regular el volumen de la publicidad. La humanidad ha ido a la luna, pero se sigue pegando la sal a los saleros. Así de ambivalente y de paradójica es en ocasiones la tecnología.
Está uno viendo televisión –gran invento tecnológico–, las noticias o una película, pongamos por caso, y en la pausa salta un anuncio a todo volumen de una crema dental, de unos pañales para niños o para adultos, o de unas galletas sin grasa y sin sabor, o de cualquier otro producto que nada nos importa y que viene a interrumpir las noticias o la película en cuestión. Y lo hace con un volumen que dobla o triplica el del programa que estaba uno viendo.
Lo mismo ocurre en la radio; invento tecnológico delicioso y genial. En especial ocurre con Spotify, aplicación que permite oír música, pero que arroja publicidad si no se paga una mensualidad. Y aquí el cambio de la música a la publicidad es o puede ser más radical. Porque hemos ido a la luna o podemos viajar a la velocidad del sonido, sí, pero no sabemos administrar las cuñas publicitarias al mismo volumen de la música, ni mucho menos podemos ofrecer una publicidad acorde con la música que oye cada quien. Ocurre entonces, o puede ocurrir, que se encuentra uno oyendo una sinfonía de Arvo Pärt, por ejemplo, llena de armonías sutiles, plena de silencios intensos y prolongados y, cuando termina la composición, salta un anuncio, lo más de ecléctico y pintoresco, de un compatriota que canta (o que intenta cantar, si queremos ser precisos) rancheras. Es sólo un caso, que estuvo sonando hace unos tres o cuatro años. La publicidad va cambiando, se va actualizando, diríamos en la jerga de hoy. La de estos días es una cuña del whisky Ballantine’s en la que se oye a un personaje dar alaridos inentendibles y –de no ser porque he oído el anuncio cientos de veces en estas semanas, diría impronunciables– que se asemejan a los chillidos de un marrano cuando lo están sacrificando. Y no exagero. Lo triste, lo cínico, lo cruel del asunto es que publicitan una lista musical o un concierto que llaman True music, cuya traducción literal –aunque engañosa en todo punto– sería «Música verdadera» o «Música de verdad».
Pasa uno entonces de los silencios profundos, sutiles, misteriosos de las composiciones de Arvo Pärt a los lamentos de un marrano chamuscado. Y no sólo eso, se pasa de un volumen acorde a las tareas que se realizan –leer, escribir, pensar o tomarse una cerveza, según sea el caso– a un volumen que parece pensado para molestar y para ahuyentar al cliente que se pretendía seducir con la publicidad.
Así es la tecnología de nuestro tiempo: ambivalente. Y lo mismo sirve para conquistar nuevos planetas que para empujar al suicidio a un asiduo televidente o a un desprevenido radioescucha.
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