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La codicia que rompe el saco

Juan David Zuloaga D.

25 de noviembre de 2009 - 07:33 p. m.

NO ES NUEVO EL INMEDIATISMO EN la política hispanoamericana, cuya presencia recurrente ha dado lugar a toda una pléyade de arbitristas desde antiguos siglos y cuyas políticas se han mostrado nefastas en el largo plazo.

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Si se hubiera realizado una encuesta en la ciudad de Bogotá unos meses antes de la puesta en marcha del sistema de transporte urbano integrado, seguro que el resultado hubiese sido contundente: más del 90% de los ciudadanos hubiera considerado como necesaria la construcción de un metro. Si se hubiese realizado la misma encuesta unos pocos meses después del inicio del funcionamiento del sistema, la respuesta hubiera sido igualmente contundente: a lo sumo el 20% de los encuestados hubieran considerado necesaria la construcción del metro. Todo ello, porque cuando Transmilenio entró en servicio, la expectativa que había generado el sistema, junto a la disminución notable de los tiempos de desplazamiento y la pulcritud de los buses frente a los así llamados cebolleros y cajas de bocadillos —además de otras ventajas que de inmediato se mostraron—, hicieron superflua una alternativa que antes se creía indispensable. Varios meses después de realizada la encuesta, la respuesta de la ciudadanía fue no menos contundente: salió electo como alcalde Samuel Moreno. La razón es sencilla: prometió metro. Otros muchos proyectos prometió —y prometer es fácil, ya se ha visto— pero, sobre todo, eso: metro para la ciudad.

¿Cómo explicar tal viraje en la opinión pública? ¿Se le puede achacar solamente a la veleidad que la caracteriza? En este caso —y que no sirva de precedente—, en este caso, ya digo, no. Para todos los usuarios del sistema resultó evidente que el servicio comenzaba a declinar y que los beneficios mermaban. Claro que los grandes accionistas del sistema no han caminado por la estación de la calle 72 o de la 100 a las 6 de la tarde. Claro que no han tenido que esperar más de quince minutos dejando pasar los atestados vehículos ni manos hábiles les han birlado su cartera o su billetera. Y no es válido el argumento —esgrimido muy recién puesto en marcha el primer bus— según el cual si circulan más buses colapsa el sistema; pues ni las rutas nuevas que comenzaron a transitar por la avenida Caracas ni el Día del no carro en el que se duplican las frecuencias de los buses lo han hecho colapsar.

Tampoco colapsaría su bolsillo, pero tal vez lo sentirían un ápice menos pesado. La cuenta aproximada es sencilla: 1’500.000 usuarios por 1.500 pesos da un total de 2.250’000.000 pesos diarios recaudados. Claro que hay gastos operativos, pero supongo yo que al final de la jornada algo queda. Así, se me ocurre que si el jueves 11 de febrero, el siguiente al Día del no carro, y cada segundo jueves del mes, hace la ciudadanía el Día del no Transmilenio, tal vez comiencen a pensar los señores accionistas que resulta menos costoso mandar un busecito más por cada ruta, y tal vez recuerden que transportan ciudadanos —de a pie, si quieren ustedes, señores accionistas, pero no por ello menos ciudadanos—; no vaya a ser que la codicia termine por romper el saco.

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