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La política del ridículo

Juan David Zuloaga D.

17 de marzo de 2021 - 10:00 p. m.

Para nadie es un secreto que la política –o eso que suelen llamar política en las charlas de café– ha sido resguardo histórico (inmemorial, mejor sería decir) de oportunistas, demagogos, farsantes, saltimbanquis y mediocres de toda calaña y de todo tenor.

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Ya en la Grecia clásica Platón ponía de relieve que el precio que deben pagar los ciudadanos probos por no querer participar en política es el de ser gobernados por los peores. Así ocurre, entonces, desde al menos hace 26 siglos, y así va el mundo.

Difícil sería precisar, sin embargo, el momento en el que la política nacional perdió toda grandeza. Algunos habrá inclinados a decir que nunca la tuvo. Otros se consuelan pensando que en distintas latitudes la situación no es más alentadora. A mí, en cambio, no me parece consuelo alguno, sino cruda constatación de la condición habitual de quienes nos gobiernan aquí y allá.

Pese a que la decadencia no parece nueva, había –también aquí y allá– algún personaje que descollaba entre los otros, algún pensador que se había decidido a hacer política, alguna persona inteligente que hablaba del valor de la cultura, otro más que por su ingenio sabía brillar y que imaginando un horizonte para la nación la creaba al compás de su decisión y de su talento.

Todo ello parece que ha caído en desuso. Y lo que pulula por doquier es una medianía satisfecha de sí, es la ley del mínimo esfuerzo; gobierna una mediocridad que todo lo allana y todo lo iguala. Reina una ignorancia desafiante que impone y marca el camino. Todo se ha trastocado y no se reconoce ya una eminencia y una autoridad, como no sea la de las redes del clientelismo que llevan al poder y que lo manejan. El actuar de los gobernantes de hogaño pareciera indicar que todo vale: usurpar títulos académicos, plagiar tesis de grado, robar la comida de los niños o los recursos del sistema de salud… Todo lo impregnan con su desfachatez y con su desvergüenza.

Había, dije, algún personaje que, pese a todo, sabía descollar… Y había algo más… Grandeza, lo que se dice grandeza, no ha habido en la política nacional desde hace muchas décadas, salvo, tal vez, por uno o dos políticos de la historia reciente del país, pero había algo que al menos los refrenaba y que era importante: el miedo al ridículo.

Hasta eso perdieron.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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