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Se ha visto en estos días a cientos de falsos profetas y a irredentos ingenuos anunciando el evangelio de una renovada condición humana para cuando pase el mal.
Anuncian que, tras la calamidad y gracias a las lecciones aprendidas, viviremos en un oasis reconciliado de solidaridad, cooperación y hermandad entre los seres humanos que nos hará ver el tiempo a. p. (antes de la pandemia) tan horroroso, tan lleno de desigualdad y de violencia como una profunda pesadilla. Y en muchos aspectos lo es. Esto, claro, lo comparto con los nuevos evangelistas. Lo que no termino de vislumbrar es aquella presunta mutación en la naturaleza humana que ha de advenir.
Yo, que no tengo esa fe en la condición humana y que tampoco recuerdo cuándo dejé de tenerla, no termino de comprender de qué manera un aislamiento de unas semanas puede cambiar hasta ese punto la recóndita esencia de su alma. Si acaso podrán acentuarse los matices que albergaba cada alma; con sus vicios y sus virtudes.
Puede ser, sí, que esta catástrofe esté brindando oportunidad a algunos para sacar su lado más generoso, más compasivo y más humano. Y esto lo celebro. Pero se trata, en ese caso, de la manifestación de una inclinación que ya mostraba de suyo. Y también lo contrario. Cuando vuelva la situación a eso que antes de la pandemia llamábamos normalidad y que nos permitía predicar sin mucho temor a equivocarnos que «no hay nada nuevo bajo el sol», volverán las gentes a sus inveteradas costumbres, a sus viejos hábitos y a sus vicios pertinaces; a los usos entumecidos de corazones inflexibles, incluido el del egoísmo que, al menos desde el siglo XVII, lo considera la filosofía moral una virtud. Porque para que haya un verdadero cambio de conciencia no basta una pandemia, es menester un cataclismo…
La historia nos enseña, con triste recurrencia, que tras las crisis pasajeras, tras los amagos de revolución, tras los sobresaltos superficiales vuelve todo el ajedrez social a reacomodarse para quedar más o menos como estaba. Y los cambios de mentalidad –que sí los ha habido– se van gestando de manera muy paulatina, tras paciente educación de generaciones o con el arribo súbito de un cataclismo, en cuyo caso sí es de esperar grandes mutaciones para ajustarse a la nueva condición del mundo político o del mundo natural. Mientras tanto… ¿Cuáles fueron los cambios perdurables, las hondas enseñanzas que dejaron, cabría preguntar, la pandemia de la gripe aviar o la crisis económica del año 2008?...
No, no me pongo pesimista, ni tan siquiera lo soy. Es triste realismo. Claro que el ser humano es perfectible. Esa es la esperanza y esa la tarea.
