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De todos es sabido que coger taxi en Bogotá es una actividad de alto riesgo. Los peligros van desde una carrera completa oyendo el reguetón de moda hasta la desaparición forzada. Lo menos grave que puede pasar y sin embargo lo más habitual es que el taxista que tocó en suerte cobre una tarifa superior a la establecida por las autoridades.
Hace unos días, por poner un caso reciente, un taxista de la empresa Taxexpress (de placa WLU 990) me cobró casi un 10 % más de lo que marcaban el taxímetro y la tabla de precios. Cuando le hice notar que estaba cobrando en exceso tuve por solución y por respuesta: “Uy, pero no me diga que no me merezco esos mil pesitos de más”. La cuestión no eran los mil pesos (era más, pero esa tampoco es la cuestión); el asunto es que sea costumbre intentar estafar al cliente, bien cobrando de más, bien no mostrando lo que marca el taxímetro, bien adulterando el taxímetro (el famoso muñeco). Puede ser que la tarifa de taxis en Bogotá (si se compara con otras capitales del mundo) no sea excesivamente costosa (considérese además que desde hace cuatro años las tarifas no se incrementan). Lo que no puede permitirse es que siempre intenten estafar al usuario. No molesta la cantidad, sino la justicia y la falta de buena fe.
No hubo manera de que el taxista en cuestión cobrara lo que tenía que cobrar. Por eso cada vez que sufre uno el abuso de los taxistas lamenta no haberse desplazado en carro o en bicicleta o a pie… O en lo que sea, para no sentirse robado cuando se tiene que coger un taxi.
La llegada de las aplicaciones de transporte privado a Colombia tuvo una gran acogida por tres razones fundamentales: se sabía de antemano cuánto le iban a cobrar al usuario (la rectitud en el cobro), en todo momento se puede rastrear en dónde se encuentra el vehículo (la seguridad en el uso del servicio) y el hecho de que no puedan negarse a ir a alguna parte de la ciudad (la certeza de que prestarán el servicio), el otro gran vicio del gremio de los taxis (¡Uy, yo por allá no voy!).
La semana pasada volvieron los taxis de la capital a entrar en paro y, no siendo suficiente con la convocatoria de los taxis de la capital, llamaron refuerzos de otras ciudades. La principal razón es su rechazo a las aplicaciones de transporte. Como se ve, estas aplicaciones vinieron a solucionar algunas falencias que presenta el sistema de taxis actual. Pero no sólo reemplazaron la demanda de taxis —como estos aducen—, sino que también se amplió la demanda.
Causa curiosidad que frente a un problema tan urgente el Gobierno no haya podido regular, pasados más de dos años, las aplicaciones de transporte. De seguro que si estas aplicaciones trabajaran en conjunto con los taxis del país, se podría crear una estrategia inteligente de desestimulación del uso de los vehículos privados en las ciudades. Se precisa trabajar, claro, de la mano con el gremio de los taxistas, a quienes, es verdad, no se les ha incrementado la tarifa de cobro en los últimos años. Casi parece justificada la huelga, pero tienen que entender que no sólo se puede exigir, también hay que mejorar.
