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Los últimos días de manifestaciones han dejado un saldo preocupante y doloroso: al menos 27 muertos (de entre ellos, un policía), 17 personas perdieron un ojo en medio de las protestas, 761 detenciones arbitrarias, 142 víctimas de violencia física por parte de la policía, 56 denuncias por desapariciones de manifestantes y 9 víctimas de violencia sexual¹.
Todo esto, que es muy grave, ha sido denunciado de manera oportuna por unos cuantos medios –El Espectador, CM&, Cuestión Pública, Cerosetenta– y por una gran masa de ciudadanos anónimos que, valiéndose de sus teléfonos celulares, publican en sus redes sociales videos de atrocidades y de violaciones que policías (a veces vestidos de civil) y agentes del ESMAD han cometido contra la población civil.
Esta labor importante, abnegada y encomiable de seguro que ha evitado que los atropellos y los abusos sean más numerosos y que algunos de ellos los sepulte el olvido cínico y deliberado de un régimen que traspasó, desde hace rato, la frontera de la decencia y de la legalidad.
Este trabajo de denuncia, de protección y de cuidado, no obstante, molesta a ciertos panegiristas del régimen y a ciertos áulicos del Gobierno de turno. El último gazapo desafortunado en este ámbito se lo debemos a una periodista de una emisora afín al régimen que gobierna (o que intenta gobernar el país): Paola Ochoa, comentadora política de la emisora radial Blu, en un programa dirigido por el cuñado del presidente de la República.
En una intervención de la edición del 3 de mayo sostuvo –palabras más, palabras menos– que ya iba siendo hora de silenciar las redes sociales, en donde se podían ver tantas atrocidades y con las que podían los ciudadanos unirse por una causa común. Que haciéndolo, muchos países habían logrado apaciguar la protesta social. La locutora arteramente omitió decir cuáles son esos países, que el lector de este artículo por supuesto no ignora.
Silenciar las redes sociales fue su propuesta, claro, porque aquí lo importante no es que el país esté bien, sino que lo parezca. En tiempos del régimen de Stalin en la Unión Soviética se construían villas improvisadas a las afueras de Moscú para que el gran dictador viera la vida apacible que llevaban sus camaradas bajo régimen político tan ejemplar y tan admirable. Y aquí, como allá –según la señora Ochoa–, lo importante, por supuesto, no es que no haya tortura ni desapariciones forzadas ni asesinatos políticos, sino que creemos un gran teatro en donde no se vean; lo importante no es el homicidio y la violación, lo importante no es que no haya hostilidades ni haya guerra, sino que no aparezcan en los medios de comunicación y en las redes sociales para que, así, las fuerzas del establecimiento nos puedan matar en paz.
@Los_atalayas, atalaya.espectador@gmail.com
¹ Se comprende que las cifras, en las actuales circunstancias que vive el país, son parciales y cambiantes, y provienen de diversas fuentes (ONG, ONU, agencias de noticias nacionales e internacionales). Hasta el momento en el que escribo la columna (martes 4 de mayo) no hay cifras oficiales.
