Una de las premisas más aceptadas en nuestro tiempo es la de la neutralidad de la tecnología.
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La tecnología es neutra, sí, lo que nunca es imparcial es el uso que de ella se hace. Se pueden usar las armas para sojuzgar a un pueblo enemigo o para defenderse de un tirano. Una misma herramienta –la televisión o la radio, pongamos por caso– puede ser útil para divulgar la verdad (de un descubrimiento científico, digamos) o para propalar los rumores más infames. Un mismo avance tecnológico –el cine, por ejemplo– puede servir para sembrar belleza y esperanza en los corazones, como lo logran las obras maestras de la cinematografía mundial, o para documentar los horrores de la guerra. Etcétera.
Se deja ver, entonces, que aunque el instrumento sea neutro, el uso que de él se hace no lo es. Y esto que es tan evidente tal vez había comenzado a olvidarse. El país –el mundo, en verdad– comenzó a usar todas las tecnologías que tenía a su alcance dejando a un lado la responsabilidad que su empleo conlleva.
Consecuencias tristes y elocuentes del uso irresponsable de la tecnología las encontramos en los resultados que obtuvieron las campañas del llamado brexit en el Reino Unido y del proceso de paz en Colombia, campañas en las que algunas partes de la contienda política no escatimaron en el uso más grosero de los medios de comunicación y en el empleo de la mentira y de la maledicencia para doblegar voluntades y para ganar adeptos, a costa de la verdad, a costa del bien y, tristemente, a costa de la paz y de la vida de las personas y de los pueblos.
Y esa deriva que parecía no tener coto –y por la que incluso uno de los fundadores de la influyente red social Facebook fue llamado a declarar en el Congreso de su país– conoció, a mi juicio, un punto de inflexión en los últimos días con dos acciones que pueden parecer insignificantes, pero que se encargaron de recordar que el uso de la tecnología trae aparejada una responsabilidad social e individual.
La primera de ellas fue la nota a pie de página (a pie de tuit, para hablar con mayor propiedad) que comenzó a aparecer en ciertos trinos de líderes políticos de los países. Trinaba el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que se había cometido fraude en las elecciones de su país, y la red social Twitter, en una nota al pie llena de ética y de responsabilidad, escribía que “el reclamo sobre el fraude está aún en disputa”; tuiteaba que había vuelto a ganar, por mucho, las elecciones, y Twitter empañaba su mentira con la verdad de que “las fuentes oficiales pueden no haberse pronunciado cuando esto fue tuiteado”; clamaba que había habido problemas con los votos enviados por correo y Twitter anotaba: “aprenda por qué votar por correo es confiable y seguro”.
Un segundo momento, no menos decisivo, en la carrera por la verdad y por el uso decente y responsable de la tecnología lo encontramos en el gesto que tuvieron las cadenas televisivas más importantes de Estados Unidos cuando, al unísono, dejaron de transmitir la alocución presidencial para aclararles a los televidentes que el primer mandatario de la nación se había enfrascado en un discurso lleno de mentiras.
Dos gestos de defensa de la decencia y de la dignidad en un mundo en las que esas viejas virtudes iban en picada. Esperemos que aquí tomemos nota.
@Los_atalayas, Atalaya.espectador@gmail.com