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Según la narración, los humanos, reunidos en un solo pueblo con una lengua común, emigran a Sinar, donde acuerdan construir una gran ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. Yahvé, el máximo dios adorado por los pueblos del Levante durante la Edad del Hierro, observa estos esfuerzos y castiga su pretensión, confundiendo su lengua para que ya no puedan entenderse entre sí, y los dispersa por todo el mundo, dejando la ciudad sin terminar. Aunque esta historia tiene su inspiración real en los zigurats construidos en la antigua Babilonia para la adoración del dios Marduk, es un mito que explica la existencia de diversas lenguas y culturas. También es una parábola sobre las consecuencias de la ambición humana que encuentra resonancia en las recientes palabras del papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas: sobre la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.
Hace algunos años, mientras equipos de ingenieros desarrollaban las transformaciones en la arquitectura de redes neuronales que permiten el funcionamiento de un modelo extenso de lenguaje como ChatGPT, la ministra de trabajo del gobierno de Iván Duque celebraba orgullosamente el ahorro que lograría al contratar ingenieros de sistemas al servicio del Estado por tan solo algunas horas al día. ¿Quién se iba a imaginar que algo salido de un laboratorio o de una universidad estuviera a punto de transformar el mundo tan profundamente?
Los pronósticos de expertos en inteligencia artificial (IA), como Geoffrey Hinton o John Hopfield, sonaban para la mayoría como ciencia ficción, si es que se oían en absoluto. El puente tecnológico que estaban construyendo pasaba desapercibido para el público general, expuesto a medios masivos desorientados al tratar temas científicos y acostumbrados a que las noticias de tecnología consisten en presentar el teléfono inteligente más reciente. Pero entonces las máquinas empezaron a responder en bancos e instituciones, a sintetizar libros y documentos, a generar imágenes y textos de alta calidad y a contestar preguntas complejas con respuestas mejores que las que daría la gran mayoría de la población.
La pregunta hoy no es si la IA va a cambiar nuestra forma de vida, sino en qué va a transformar nuestro mundo. El pasado 11 de marzo, durante un discurso pronunciado en la Cumbre de Infraestructuras de la multinacional de inversión BlackRock, Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, explicó que, al igual que los consumidores y las empresas no generan su propia energía, sino que se conectan a una red centralizada y pagan por ella en función del consumo, los sistemas de IA se comprarán y venderán por demanda. Esa política corporativa agresiva y orientada al máximo beneficio ha sido duramente cuestionada por quienes ven peligros en la trayectoria altamente impredecible de una IA superinteligente. En palabras de Hinton: “Si quieres saber cómo es la vida cuando no eres la inteligencia suprema, pregúntale a un pollo.”
Al escuchar advertencias sobre los peligros de la IA, lo más probable es que se piense en un escenario apocalíptico, como el de Terminator. Sin embargo, una inteligencia superior no necesitaría un escalamiento tan drástico. Le bastaría manipularnos, del mismo modo que los adultos sobornan fácilmente a los niños con dulces, para hacerse con el poder (o para llevar al poder a quienes defienden sus intereses). ¿Acaso los videos generados con IA que muestran un tigre encarnando elementos de autoridad, neveras llenas que agradecen al actual gobierno o candidatos explotando como mazorcas no dicen más sobre nuestra debilidad que sobre quienes aspiran a la presidencia de nuestro país?
Somos vulnerables ante nuestra propia invención. Muchos gobiernos, organismos reguladores e instituciones internacionales ya se han pronunciado sobre los riesgos de la IA. Ahora el papa León XIV lo hace con ambición moral e intelectual desde un punto de vista aparentemente inexplorado: la fe cristiana. No le falta razón al implorar la sabiduría necesaria para interpretar los avances tecnológicos de nuestro tiempo. Incluso si es una petición al silencio, bien haríamos en reflexionar sobre las herramientas con las que se forja el futuro.
