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Hoy cuatro humanos regresan a su hogar tras llegar más lejos en la profundidad del espacio que cualquier otro miembro de nuestra especie. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen partieron del planeta hace diez días a bordo del cohete más potente jamás utilizado para transportar humanos. En el cascarón de aluminio que los protegió del vacío y el frío del espacio sobrevolaron la cara opuesta de la Luna por primera vez en 54 años y revivieron el sueño de una presencia humana permanente en nuestro satélite natural y desde allí se aventuren a explorar lugares aún más lejanos. Pero, ¿qué aprendimos con Artemis II?
Sin duda alguna, la travesía de Artemis II arrojará datos cruciales sobre el comportamiento de los vehículos que hacen posible los viajes espaciales tripulados. A pesar del frío que experimentaron los astronautas durante la primera etapa del viaje y los continuos desperfectos en el baño, heroicamente atendidos por Koch, la cápsula Orión y el Módulo de Servicio Europeo demostraron que pueden preservar la vida de los astronautas.
Tampoco hay duda de que las mediciones de los efectos del viaje serán cruciales para futuras expediciones. Expuestos a niveles de radiación mayores a los experimentados en la Estación Espacial Internacional y experimentando la pérdida de masa muscular y densidad en los huesos por la falta de gravedad, los cuerpos de los astronautas guardan las claves que permitirán viajes más prolongados, además de desarrollar estrategias para tratar dolencias como la osteoporosis o la hipotensión ortostática en la Tierra.
Artemis II demostró el funcionamiento de la transferencia de datos con haces de luz infrarroja. También reavivó el interés científico en la Luna, incluso poniendo a miles de voluntarios en su programa de ciencia ciudadana a buscar impactos de asteroides en los videos que capturó mientras se asomaba al lado opuesto del satélite. Además, brindó instantes memorables que conectaron con el aspecto humano de la misión, desde la cómica publicidad involuntaria a esa crema de avellanas hasta el conmovedor momento en que la tripulación solicitó oficialmente que un cráter lunar recién descubierto recibiera el nombre de Carroll, en honor a la difunta esposa de Wiseman.
Colombia no tuvo participación directa en la misión, pero su cubrimiento en nuestro país suscitó fenómenos igualmente interesantes, no por su valor científico sino por su elocuente impresión del carácter nacional. Varios medios rebuscaron por cielo y tierra connacionales metidos en la misión. No bastó con Liliana Villarreal, directora de aterrizaje y recuperación de Artemis II, o Diana Trujillo, directora de vuelo de la NASA. En lugar de motivar una reflexión por el destino del talento que sigue brotando en el país, desempolvaron a los sospechosos de siempre, con sus dudosos títulos y fotos junto a letreros de NASA. Otros ardían de indignación al ver a cuatro Homo Sapiens camino a la Luna y negaban que se tratara de un evento histórico si no acaba con problemas globales como el hambre infantil o la violencia de género. Ojalá causaran igual irritación las sospechosas convocatorias del Ministerio de Ciencia o el destino de los fondos de regalías que no ha ejecutado, mientras que (salvo esfuerzos individuales) nuestro país continúa en la periferia de la comunidad científica mundial.
Ya sea en la búsqueda de héroes nacionales o en la indignación que encuentra un escape en donde sea que apunten los focos, esas reacciones hablan más sobre nosotros, sobre nuestra falta de imaginación e incapacidad para el asombro, que sobre el acontecimiento mismo. Querámoslo o no, el espacio hace parte integral de la vida moderna, desde el GPS hasta las mediciones del catastro multipropósito y el seguimiento de cultivos, incendios forestales o cambios en las cuencas hídricas. Nos mantenemos al margen de las tecnologías espaciales bajo nuestro propio riesgo. Hasta ahora nos enteramos que otras naciones en desarrollo, vistas por encima del hombro desde nuestra ignorancia, han invertido en tecnologías espaciales para monitorear su seguridad alimentaria y vigilar sus fronteras. Nuestro país y muchos de sus más ruidosos opinadores miran a los humanos alrededor de la Luna, pero no se ven más que a sí mismos.
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