El Gobierno Nacional ha anunciado la redistribución de recursos destinados a la formación de estudiantes de maestría y de doctorado en el país. La medida busca ampliar la cobertura y el acceso a estos programas académicos, descentralizando los recursos y facilitando oportunidades para jóvenes de todas las regiones. Poco que objetar a ese loable propósito, pero deja muchas preguntas abiertas. ¿Quién va a educar a estos nuevos estudiantes de postgrado? ¿Cuáles son las opciones profesionales para esos graduandos? ¿Aguanta el país tantos doctores?
El doctorado en filosofía, Philosophiæ Doctor en latín o, coloquialmente, PhD, es el título académico más alto al que se puede aspirar. El nombre no implica necesariamente el estudio de la filosofía tal como la conocemos hoy en día. En Europa, de donde heredamos esa tradición, disciplinas como la historia, las ciencias sociales, las matemáticas y la filosofía natural (más tarde conocida como ciencias naturales) emanaron del tronco común de la filosofía.
No es un misterio que el número de PhDs que se gradúan en las universidades colombianas está muy por debajo del promedio de los países industrializados o en desarrollo con los que aspira a medirse nuestro país. Alrededor de seis de cada 500 habitantes (1,2 %) con edades entre 25 y 64 años en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) tienen un PhD. En Colombia, la cifra es casi diez veces menor. Esa brecha no es sorprendente si se considera que en nuestro país solo 28 de cada 100 habitantes acceden a la educación terciaria (después del bachillerato), frente a más de 40 por cada 100 en la mayoría de los países de la OCDE. La menor proporción de doctores refleja, en parte, esa brecha en la educación superior que no se resuelve con más doctores, sobre todo cuando el valor de un PhD está cambiando en el mundo.
El número de doctores titulados a nivel mundial ha crecido de forma constante en las últimas décadas. En países como China y la India, esas cifras se han disparado. Tradicionalmente, el doctorado era un trampolín hacia una carrera académica de por vida. Pero hoy en día, el número de doctores titulados supera con creces el de puestos de trabajo disponibles en universidades e instituciones de investigación. La salida profesional más probable para alguien con un título de doctorado es la industria, donde las habilidades matemáticas, en el desarrollo de modelos y en la resolución de problemas que surgen en el trabajo de investigación, son altamente apetecidas. Esos puestos de trabajo son extremadamente raros en Colombia. Un programa para incrementar el número de doctorados sin crear ni expandir centros de investigación ni establecer puentes de colaboración con la industria es como un plan para dotar de helipuertos a todos los edificios de más de cinco pisos: puede añadirle mucho pedigrí a la ciudad, pero no sirve para nada.
Es loable que el gobierno muestre interés en la formación de sus ciudadanos en todas las regiones y estratos sociales. Cualquier persona que demuestre capacidades suficientes debería medirse al reto que supone un doctorado, pero no en detrimento de programas existentes ni sin el apoyo de quienes están calificados para impartir esa formación. Necesitamos más doctores, pero pretender producirlos sin promover un ecosistema de investigación saludable es, parafraseando el bambuco de Arnulfo Briceño, prometer puentes donde no hay río. Nos pone en la ruta hacia una devaluación de los títulos y la frustración de los sueños de quienes ven en la educación una alternativa de movilidad social. Es pan para hoy y hambre para mañana. Y así nos va.