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El día después de mañana

Juan Diego Soler

12 de junio de 2026 - 12:02 a. m.

Es una elección en la que entregar el tarjetón se siente como una de esas jugadas en el tablero de ajedrez en las que, justo al levantar los dedos con los que se movió la pieza, se da uno cuenta del error cometido y se siente la angustia ante la magnitud del desastre al que se ha expuesto. Pero la suerte está echada. Aunque por estos días aparezcan por todas partes columnas cantando su voto, como aparecen los cucarrones en Bogotá después de las lluvias de mayo, esta elección se decidirá por algo más que por las palabras de alguno de los “líderes de opinión”. Hay algo más profundo e inquietante que lleva cocinándose desde hace tiempo. Y si usted cree que el futuro de la democracia depende solamente de quién gane esta elección o que este es un problema exclusivo de nuestro país, a lo mejor no ha estado prestando atención.

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Hace poco menos de un año, Irene Khan, Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre la libertad de opinión y de expresión, presentó en la sesión 59 del Consejo de Derechos Humanos en Ginebra, Suiza, un informe sobre las principales vulnerabilidades del derecho a la libertad de expresión en contextos electorales en la era digital. El documento se basa en amplias consultas con organizaciones de la sociedad civil, instituciones electorales, defensores de los derechos humanos, periodistas y representantes de empresas de redes sociales, entre otros. Khan identificó tres tendencias principales: 1. Un clima político tóxico, marcado por tendencias autoritarias y el retroceso de los derechos humanos y de las democracias. 2. Redes sociales, inundadas de desinformación y discurso de odio. 3. Los medios de comunicación tradicionales, debilitados, como objetivo de ataques e incapaces de desmentir las mentiras. Como en el comercial del circo, “después no digas que no te avisamos”. Pero ver los nubarrones en el horizonte no significa que tengamos el paraguas que nos resguarde.

Hoy en día, las campañas electorales se han trasladado al ámbito digital y utilizan deliberadamente las redes sociales. A partir de datos como la edad, el género y el lugar de residencia, así como de las páginas que nos han gustado o de las publicaciones que hemos compartido, recibimos anuncios electorales personalizados directamente en nuestras redes, mediados por algoritmos. Esa práctica, conocida como microsegmentación, salió a la luz pública en 2016, cuando unos denunciantes revelaron las prácticas de Cambridge Analytica, una empresa con sede en Nueva York que fue acusada de haber utilizado datos personales de millones de usuarios para orientar mensajes políticos personalizados, entre otros, en las elecciones presidenciales de EE.UU. y en el referéndum sobre el Brexit en Gran Bretaña. Sin embargo, hasta ahora no conocemos el efecto real de los métodos utilizados por compañías como Cambridge Analytica, como señala la profesora Sophie Lecheler, líder de un equipo de quince miembros que investiga los mecanismos de la comunicación política moderna desde la Universidad de Viena.

La forma en que los distintos actores políticos se dirigen a los ciudadanos en el ámbito digital sigue siendo, en buena medida, un misterio. Ni las campañas políticas (por obvias razones) ni las plataformas comparten esos datos, aunque estas últimas, en teoría, están obligadas a etiquetar las publicaciones patrocinadas. Investigadores como Lecheler tienen que recurrir a donaciones de datos, como capturas de pantalla de su flujo en redes sociales y cuestionarios, para reconstruir los caminos que conducen a nuestras decisiones electorales. ¿Quién se encargará de esa disección de nuestras elecciones? ¿Estaremos dispuestos a escuchar o seguiremos, inocentemente, pensando en la independencia de nuestro voto? Vivimos una nueva era, caracterizada por grandes flujos de información, pero con mecanismos democráticos del siglo pasado. La pregunta no es si debemos actualizar la forma en que entendemos la democracia, sino cómo llevarla a cabo, antes de que sea demasiado tarde.

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Por Juan Diego Soler

Doctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Departamento de Astronomía de la Universidad de Viena, Austria. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.
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