Cada vez que se abre un periódico o se enciende un radio, miramos la realidad desde las alturas, como quien explora un archipiélago desde un avión. Vemos islas cuyos nombres se repiten tanto que creemos conocerlas sin imaginar las cordilleras sumergidas que yacen bajo la superficie. Pocos nombres se repiten tanto en los reportes internacionales como el de Afganistán, un país que, tras 46 años de guerra, parece haberse convertido en parte del paisaje habitual de malas noticias. Una periodista se rehúsa a que ese sea el caso con un nuevo libro, El mejor hotel de Kabul, en el que, con claridad, empatía y profundo conocimiento, nos recuerda que esas noticias le suceden a gente de carne y hueso.
La canadiense Lyse Doucet es hoy jefa de la corresponsalía internacional de la BBC, la emisora global más antigua y grande del mundo, pero inició su carrera en una época en que las puertas de ese servicio informativo estaban cerradas a una persona que, además de ser mujer, no tenía un acento británico perfecto. El azar la llevó de su trabajo como freelancer en África Occidental a reportar para la BBC desde Kabul la retirada de las tropas soviéticas en 1989, lo que marcó el fin de nueve años y dos meses de ocupación. En su libro, Doucet narra los acontecimientos que llevaron a ese momento histórico y los que ocurrieron después: desde la guerra civil entre el gobierno respaldado por los soviéticos y los grupos muyahidines, el ascenso al poder de los muyahidines, la guerra civil entre el gobierno de los muyahidines y los talibanes, el ascenso de los talibanes, la ocupación por tropas de la OTAN y el regreso de los talibanes. Para tejer esa compleja historia, la periodista une los finos hilos de las vidas que se cruzaron en un lugar: el Hotel Intercontinental de Kabul.
El “Inter” se eleva sobre la capital afgana como un castillo desde 1969. Abrió sus puertas en el tiempo en que las reformas del rey Zahir Shah iniciaban un experimento democrático y el país se ponía de moda entre aventureros occidentales. Por ese hotel de lujo desfilaron la alta cocina y la alta costura, cuando Kabul era el “París de Asia Central” y mujeres en minifalda recorrían las mismas aceras que otras cubiertas por burkas. Es allí donde, a través de las palabras de Doucet, conocemos a Amanullah custodiando el hotel en tiempos de democracia, convirtiéndose en ingeniero jefe del edificio durante la ocupación soviética, doctorándose en India, y regresando para fundar la Escuela Politécnica de Kabul. Seguimos a Hazrat, encargado del servicio de limpieza, quien sobrevivió a dos atentados suicidas en el hotel y fue despedido por los recortes del gobierno antes del regreso de los talibanes. Acompañamos a Abida con sus mantu, las exquisitas empanadas de cordero con las que llegó a la cocina más exclusiva de la capital afgana y sacó adelante a sus siete hijos. Son los héroes de Kabul. Al igual que el edificio en el que se cruzaron con periodistas, diplomáticos, combatientes y políticos, llevan por dentro y por fuera las cicatrices de la historia.
El vestido de novia abandonado en la percha. El salón del hotel vacío mientras en sus mesas se enfriaban las pilas de kabuli pulao, el plato nacional afgano, aún intactas. Los rumores sobre la inminente entrada de combatientes en Kabul llegaron en tiempo real por teléfonos móviles y dispersaron a los invitados antes de que concluyera la boda. Doucet compone esas potentes imágenes para describir la transición más reciente en ese país: el regreso de los talibanes, quienes, pese a sus promesas de apertura, siguen prohibiendo a las mujeres y las niñas asistir a la escuela más allá de la primaria, participar en actividades deportivas, visitar parques y baños públicos, viajar o aparecer en público sin un acompañante. Cinco años después de su entrada en la capital, administran el hotel y lo mantienen como símbolo de su poder.
Aunque aparezca en las noticias, Afganistán sigue lejos de la imaginación de la mayoría de los habitantes del planeta. Palabras como las de Doucet y autores afganos disponibles en español, como Khaled Hosseini o Nadia Anjuman, recuerdan que los titulares que vienen de allí le suceden a la gente de verdad, con vidas más allá de la tragedia. A lo mejor, cuando alguien lea los nuestros en otras latitudes, también se le ocurra lo mismo.