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El regreso a la Luna, con los pies en la Tierra

Juan Diego Soler

30 de enero de 2026 - 12:05 a. m.
“Es inocente ignorar que los tremendos costos de la exploración espacial se justificaron por intereses nacionales”: Juan Diego Soler
Foto: AFP - Agencia AFP
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“Una rata mordió a mi hermana Nell. Con el blanquito en la Luna”. Entre tambores resuenan las palabras de Gil Scott-Heron. “Su cara y sus brazos comenzaron a hincharse. Y el blanquito está en la Luna”. Su poema era un himno para los líderes de los derechos civiles que protestaban contra los costos extremos del programa espacial en medio de la pobreza y la desigualdad racial en Estados Unidos. “No puedo pagar las facturas del médico. Pero el blanquito está en la Luna”. Un alunizaje tripulado era una declaración geopolítica: la superioridad tecnológica estadounidense frente a los hitos soviéticos. “Dentro de diez años seguiré pagando mientras el blanquito está en la Luna”. Han pasado 53 años, un mes y seis días desde la última vez que los humanos orbitaron la Luna. La misión Artemis II de la NASA, programada para su lanzamiento a partir del 6 de febrero, promete cerrar ese hiato en la exploración humana del espacio. En la Tierra, aún vivimos tiempos turbulentos.

Los sueños de la expansión de nuestra especie más allá de los límites del planeta son una parte fundamental de nuestra visión de futuro. Se incubaron en las mentes de pioneros de la cohetería moderna, como Konstantin Tsiolkovsky, Hermann Oberth y Robert Goddard. Crecieron de la mano de Sergei Korolev, el ingeniero nacido en Zhytomyr (Ucrania), quien sobrevivió a la purga de Stalin y regresó del exilio en Siberia para encabezar el programa soviético de cohetes y manipular el apetito de misiles nucleares de Nikita Khrushchev para forjar las misiones que resultaron en el lanzamiento del primer satélite artificial y en la llegada del primer ser vivo y del primer ser humano al espacio. Continuaron en la obra de Wernher von Braun, quien, tras desarrollar el programa de cohetes de la Alemania nazi sobre el trabajo forzado de miles de civiles, rescató al programa espacial estadounidense de una cadena de fracasos para por fin alcanzar la Luna. La placa que dejó atrás la última misión tripulada en su superficie dice “Que el espíritu de paz con el que vinimos se refleje en las vidas de toda la humanidad”.

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Es demasiado inocente ignorar que los tremendos costos de la exploración espacial se justificaron por intereses nacionales y geopolíticos, y no por el deseo de paz y conocimiento. Sin embargo, en el espacio los humanos de distintas naciones encontraron un entorno tan apático y hostil a nuestra existencia que recordaron lo fútiles que son nuestras diferencias. Hace medio siglo, las sondas Apollo y Soyuz se acoplaron en la órbita terrestre para que un apretón de manos entre astronautas y cosmonautas se convirtiera en un potente símbolo de la distensión durante la Guerra Fría. Los humanos completamos más de 25 años de presencia continua en el espacio a través de la Estación Espacial Internacional, por donde han pasado más de 290 personas de 26 naciones distintas. En la microgravedad de la órbita terrestre hemos mejorado nuestra comprensión de dolencias como la osteoporosis, el envejecimiento de los tejidos y el cáncer. Hemos desarrollado sistemas avanzados de purificación de agua, de reciclaje de aire y sensores remotos que mejoran la vida de los habitantes de la Tierra. Hemos aprendido que los humanos de distintas naciones pueden cooperar y trascender con un objeto pacífico común.

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Se aproxima el tan esperado retorno de los humanos a la Luna y vale la pena recordar en nombre de quién y de qué vuelven al único cuerpo celeste que ha visitado nuestra especie. Las fronteras que tan efímeras parecen desde el espacio se materializan en la Tierra con la violencia, el odio y la exclusión. Las instituciones en las que alguna vez soñamos ver representada a toda la humanidad se erosionan. Se fracturan esfuerzos coordinados contra problemas globales como el aumento de la temperatura terrestre, la acidificación de los océanos, la desaparición de las especies o la lucha contra el hambre y las enfermedades. Será una inspiración y un orgullo ver a los humanos regresar a la Luna. Ojalá recuerden que alguna vez prometieron hacerlo en nombre de toda la humanidad.

Por Juan Diego Soler

Doctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Departamento de Astronomía de la Universidad de Viena, Austria. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.
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