Japón es uno de los países del mundo más propensos a sufrir terremotos. Su larga historia de catástrofes lo ha convertido en uno de los mejor preparados para hacerles frente. Las edificaciones nuevas están sujetas a estrictas normas de diseño sismorresistente, y determinadas construcciones deben someterse a inspecciones periódicas. Muchas viviendas cuentan con kits de supervivencia para terremotos. La población recibe alertas de terremotos y tsunamis mediante teléfonos móviles y otros sistemas públicos. En los colegios y oficinas se realizan simulacros de terremoto de forma periódica. Eso no significa que esa nación sea inmune a la tragedia. Por el contrario, ha aprendido a vivir sin darle la espalda.
Hacia el mediodía del sábado 1 de septiembre de 1923, la llanura de Kantō, en la isla principal de Japón, fue sacudida por un sismo de magnitud de momento 8,0, una cifra que da cuenta de la energía liberada por el terremoto. Su epicentro se situó a unos 100 kilómetros al suroeste de Tokio. Para cuando cesó, la devastación reinaba en Tokio, en la ciudad portuaria de Yokohama y en las prefecturas circundantes. Los incendios provocados por el sismo se agravaron por los fuertes vientos de un tifón cercano y se propagaron por zonas urbanas densamente pobladas, lo que aumentó el número de víctimas. Se estima que el conocido como Gran Terremoto de Kantō dejó más de cien mil fallecidos. Más de 2,5 millones de personas quedaron sin hogar.
Tras el Gran Terremoto de Kantō, los terremotos comenzaron a considerarse no solo como fenómenos naturales inevitables de los que había que recuperarse, sino como riesgos para los cuales el Gobierno, los ingenieros, las ciudades y los ciudadanos de a pie debían prepararse con antelación. En 1924, al año siguiente de la catástrofe, Japón incorporó requisitos antisísmicos a su normativa de construcción urbana. La reforma no blindó al país frente a los fenómenos naturales, como lo demostraría en 1959 el tifón Vera, cuyo paso por la bahía de Ise dejó más de cinco mil muertos. Lo que sí cambió fue el enfoque del país ante cada eventualidad. Cada catástrofe debía ir seguida de un proceso de investigación, reconstrucción, reforma institucional, simulacros, educación pública y preparación para el siguiente desastre. Esa cultura de la memoria y la prevención es la principal lección que podemos aprender de Japón. También debería orientarnos mientras ayudamos a quienes sufrieron las peores consecuencias del sismo en Colombia.
El 1 de septiembre se conmemora anualmente el Día de la Prevención de Desastres en Japón. Por una coincidencia del destino y de mi oficio, fue en ese país donde me enteré del sismo del pasado 10 de agosto. El día terminaba en Naha y apenas comenzaba en Colombia cuando se produjo el sismo, de magnitud 7,4 y originado a una profundidad cercana a los 100 kilómetros. Las poblaciones más afectadas se encontraban en Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Quindío y Caldas. Para muchos de sus habitantes, las consecuencias del desastre perdurarán más que la cobertura de los medios. Los terremotos dejan heridas que tardan mucho en curarse, y este no será el último. El enorme esfuerzo de miles de compatriotas que han respondido a la emergencia ha demostrado que nuestra nación tiene corazón.
La adopción del Código Colombiano de Construcciones Sismo-Resistentes de 1984, sucedido por los reglamentos NSR-98 y NSR-10, fortaleció la seguridad de las edificaciones y contribuyó a salvar vidas. Esa trayectoria demuestra que Colombia también tiene memoria. Pero la memoria también exige rendición de cuentas. ¿Por qué colapsaron o sufrieron daños graves algunas construcciones levantadas bajo la vigencia de esas normas? ¿Quién deberá responder si las investigaciones encuentran incumplimientos en su diseño, construcción, licenciamiento o supervisión?
Quiera la providencia que no nos falle la memoria para cuidar a quienes sufren las consecuencias de este desastre y mitigar las del siguiente. La corteza de nuestro planeta no cesará de moverse y no debería sorprendernos que la próxima manifestación de la naturaleza nos recuerde la fragilidad de lo que hemos construido. La Tierra no está gritando: simplemente es indiferente a nuestra existencia.
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