En el nororiente de Italia, en la costa del mar Adriático, existe una ciudad construida sobre un centenar de pequeñas islas separadas por canales y unidas por más de 400 puentes. Por casi un milenio fue la capital de una potencia financiera y marítima con sofisticadas instituciones que produjeron una enorme cantidad de riquezas. Por allí pasaron la seda, el grano y las especias de Oriente, los soldados y peregrinos de Occidente durante las Cruzadas, los lienzos de Bellini y Tiziano, las composiciones de Albinoni y Vivaldi, y hoy pasan también por allí los secretos de la selva colombiana registrados por sus habitantes.
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Desde 1895 se celebra cada año la Bienal de Venecia, una de las exposiciones culturales internacionales más reconocidas del mundo. Por sus salones han desfilado las obras de Picasso, Klimt y Renoir, y un sinnúmero de otros artistas en pabellones nacionales y exhibiciones internacionales distribuidas por los jardines de la Bienal y el Arsenal de Venecia, el lugar que muchos historiadores consideran como la primera fábrica del mundo. Este año, por primera vez, la muestra está dirigida por un suramericano, el brasileño Adriano Pedrosa, quien le ha dado el título de “Stranieri Ovunque”, “Extranjeros en todas partes”.
El título es una provocación, una referencia a los puentes y los angostos callejones de Venecia abarrotados de visitantes de todo el mundo, casi 30 millones cada año, que han desplazado a los venecianos hacia los márgenes de su propia ciudad, mientras buscan el romanticismo evocado por los viajeros del siglo XIX o una foto para embellecer sus perfiles en las redes sociales. Pero también es una referencia al extranjero que vive entre nosotros y que, como afirma el comisario, somos nosotros mismos.
Este año la Bienal abrió sus puertas a las obras artísticas de las Primeras Naciones de ese conjunto de países que hoy llaman el Sur Global. La fachada principal de la exhibición fue cubierta por un vivo mural de 750 metros cuadrados pintado por el Movimiento de Artistas Huni Kuin, un pueblo indígena del occidente de la Amazonia, que habita desde el piedemonte de los Andes, en Perú, hasta la frontera del estado de Acre en Brasil. Coloridas guacamayas, enormes hojas de victoria regia y brillantes peces amazónicos rodean el kapewë pukeni, el puente-caimán, e ilustran el mito de la separación entre los pueblos.
Tras ese mural florecen formas de expresión que normalmente no se asocian al mercado del arte: artistas autodidactas, depositarios de lenguas tradicionales y voceros de familias y comunidades indígenas. Son las voces de un mundo ignorado e idealizado en la sociedad industrializada. Uno de ellos es el colombiano Abel Rodríguez, un experto botánico entre los nonuyas, uno de los muchos grupos étnicos de la Amazonia.
Rodríguez presenta una exploración taxonómica de las variedades de árboles amazónicos, captando el color y la forma de las hojas, la textura del tronco y la arquitectura de la planta. Estas meticulosas representaciones no solo son eficaces reproducciones artísticas, sino también testimonios científicos de la biodiversidad amazónica. Son la selva reconocida por un observador con el grado de precisión y sensibilidad que cualquier científico reconoce y respeta. Es un testigo de la relación del hombre con la naturaleza. Sus dibujos son su testimonio y el de todos quienes lo precedieron en ese oficio y en ese lugar, como Tiziano, como Bellini.
Mi hija en mis brazos encuentra algo que llama su atención en uno de sus dibujos de la selva. Entre las raíces bulbosas de donde salen unos troncos esbeltos coronados con hojas en un arcoíris de tonos del verde hay una figura humana. Pregunta si soy yo. Veo un diminuto observador en medio de la inmensidad de la naturaleza. Una figura exótica en una ciudad. Un visitante en la selva. Una imagen de Colombia en Europa. Un humano en el limbo entre la tierra y el cielo, extranjero en todas partes. Sí, soy yo. Somos nosotros.