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La prueba científica

Juan Diego Soler

21 de diciembre de 2023 - 09:05 p. m.

Un día como hoy, hace 129 años, Alfred Dreyfus, capitán de artillería francés de ascendencia judía, fue declarado culpable de traición por comunicar secretos militares a la embajada alemana. Sólo suposiciones conectaban al oficial de 35 años con el bordereau, una nota sin firma ni fecha dirigida al agregado militar alemán en París. Sin embargo, siete jueces lo condenaron por decisión unánime a cadena perpetua en el exilio.

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En una ceremonia de degradación, Dreyfus fue despojado de las insignias en su uniforme, su espada fue quebrada y fue obligado a desfilar delante de sus antiguos compañeros mientras una multitud gritaba “muerte al judío”. La población judía era constantemente señalada como la culpable de los problemas sociales y económicos de Francia en virulentas publicaciones muy populares a finales del siglo XIX. En ese ambiente de antisemitismo, un oficial judío de carácter reservado era un chivo expiatorio perfecto. Mientras Dreyfus era conducido a la colonia penal de la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa, los únicos esfuerzos por apelar la sentencia vinieron de su familia. Mathieu, su hermano, intentó desesperadamente dirigir la atención de la prensa a las irregularidades del proceso. Pero la opinión general no cambió hasta que, un año y medio después del juicio, afloraron evidencias que señalaban a otro oficial francés, Ferdinand Walsin Esterhazy.

Las pruebas contra Esterhazy desembocaron en un consejo de guerra que lo absolvió y motivaron J’accusse…!, la carta en que el novelista Émile Zola denunció al ejército por encubrir su condena errónea de Dreyfus. Francia estaba dividida. Unos buscaban la exoneración y señalaban el atropello a la libertad con la excusa de la seguridad nacional. Otros estaban en contra de la reapertura del caso y veían la controversia como un intento de los enemigos de la nación de desacreditar al ejército.

El apoyo de los intelectuales franceses a Dreyfus, la confesión de Esterhazy y el miedo a un boicot internacional a la Exposición Universal de París, llevaron a la reapertura del caso en 1899. Dreyfus, enfermo y demacrado tras cinco años de penurias en cautiverio, regresó a Francia para ser declarado culpable nuevamente y recibir una condena a diez años de trabajos forzados, aunque esta vez recibió un indulto presidencial. La herramienta que finalmente limpiaría su nombre hasta ahora empezaba a medir el cielo sobre París. Cuando el capitán Dreyfus solicitó una revisión del caso en 1904, un tribunal civil de apelación nombró una nueva comisión para examinar el bordereau. Para evaluar los enrevesados argumentos de probabilidad presentados por un perito sin experiencia en caligrafía en los juicios anteriores, se escogió un panel integrado por matemáticos. Uno de ellos era el físico teórico pionero en el estudio de las ondas gravitacionales, Henri Poincaré.

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La fotografía era en ese entonces una novedad en la astronomía. Para valorar los detalles en las placas de vidrio en donde se comenzaba a registrar el firmamento, los astrónomos inventaban nuevos instrumentos para medir con precisión de fracciones de milímetro. Poincaré, quien había presidido la Sociedad Francesa de Astronomía y conocía los aparatos de medición micrométrica, encomendó a un grupo de astrónomos del Observatorio de París el examen de la caligrafía en el bordereau. Sus conclusiones eran irrefutables: el documento era una falsificación.

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Doce años después de su condena, Dreyfus fue exonerado y reintegrado en el ejército francés con el rango de comandante. Más de un siglo después, seguimos midiendo el cielo para descifrar sus secretos. Aún no tenemos instrumentos para medir en la oscuridad de los prejuicios, aunque de vez en cuando la luz de la ciencia y la conciencia nos permita ver a través de ellos.

Por Juan Diego Soler

Doctor en Astronomía y Astrofísica en la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Instituto de Astrofísica Espacial y Planetología en Roma, Italia. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.
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